Don Benito

M. Á. Contreras Betancor|

 

Cien años han transcurrido desde aquel 4 de enero de 1920 en el que corrió por toda la Villa de Madrid, por toda España, la noticia del fallecimiento de Don Benito Pérez Galdós. Un siglo pues, desde la desaparición física del hombre, del maestro de Letras que como niño correteó por las calles de Las Palmas de Gran Canaria, la ciudad que lo vio nacer un 10 de mayo de 1843 y a quien debemos –a Don Benito–, el honor de haber heredado un impresionante conjunto de joyas literarias… y unas buenas dosis de dignidad. 

A continuación, incluyo el comunicado emitido por el Ayuntamiento de la Villa matritense tras el fallecimiento de Don Benito Pérez Galdós.

“Ha muerto Galdós, el genio que llenó de gloria la literatura de su tiempo con las asombrosas creaciones de su pluma. Con sus libros honró a su patria, con su vida se honró a sí mismo. Fue bueno, piadoso y el mayor adorador del arte y del trabajo. Los que le admiraron en vida vengan a la casa del Ayuntamiento, para que, ante su cadáver poderle dar su último adiós. Este homenaje de dolor le será grato, porque amó siempre la sencillez”.

Adoptivo y predilecto. ¡A buenas horas!

Sólo ha tenido que pasar un siglo para que los ayuntamientos de las ciudades de Madrid y Las Palmas de Gran Canaria acordaran en sus respectivas sesiones plenarias la concesión de los títulos de Hijo Adoptivo, en el caso de la Villa y Corte, e Hijo Predilecto en el de la Muy Noble y Muy Leal Real ciudad palmense. Y como estos acontecimientos tienen su historia enana, el primer consistorio en conceder el honor fue el madrileño –26 de noviembre– mientras que el que tiene la sede noble en la Plaza de Santa Ana lo hizo tres días después, –el 29 de idéntico mes–. ¡Vaya con las casualidades! Hasta aquí la habitual anormalidad, que en el caso del consistorio peninsular supuso una sorpresa –triste– para quien esto escribe, mientras que si me refiero a la ciudad del Guiniguada, más que asombro –nada grato– confirma lo de siempre, o casi siempre, que hoy me puede el optimismo.

Sin ganas de entrar en los sótanos de la mediocridad, que para eso hay especialistas, me gustaría destacar la sorpresa que produce que las mencionadas urbes hayan sufrido una amnesia cuando de Galdós se ha tratado, como si el inmenso escritor, el notario decimonónico –tópico, pero cierto– hubiera estado sometido a una cuarentena para mayor gloria de lo insustancial. Y así ha sido. Claro que se puede afirmar que nunca es tarde… tanto, que en Madrid han nombrado en su honor la biblioteca del Centro Cultural Conde Duque, un hecho que de momento no se vislumbra por su ciudad natal. Tal vez –si la dicha es buena– y en un giro de los acontecimientos, los guardianes de las esencias de la capital atlántica sorprendan al electorado con un espectáculo de luz y color dando el nombre de Pérez Galdós a la biblioteca que se erige en la Plaza Hurtado de Mendoza (Las Ranas) o erigiendo una instalación en las próximas décadas. Quién sabe, pero como soy de ideas casi fijas, los próximos párrafos van en el sentido de mi brújula.

Y finalizo…

No pretendo –ni se me ocurriría–, lanzar una interminable batería de loas, alabanzas o elogios en torno a la figura universal, a pesar de que hacerlo no estaría de más, e incluso serviría para refrescar los cerebros apolillados de algunos destacados miembros de vaya usted a saber qué comunidad de intelectuales orgánicos que andan entretenidos con asuntos de rabiosa actualidad. El presente texto ha huido de los discursos grandilocuentes, tampoco ha sido una pieza literaria a rebosar de falsa modestia; ni siquiera ha elegido descargar ráfagas de consonantes y vocales entre las diversas dianas de la indiferencia que penden encantadas de conocerse mientras se alimentan de tristes gemidos y de bostezos sin alma. Podría, pero los tiros han ido por otro lado.

Dicho lo cual, estas líneas pretenden ser un sincero homenaje a Don Benito, cuya conclusión está tan próxima como cercano acecha el siguiente punto y final, eso sí, termino con una frase que podrá encontrar en el discurso de ingreso en la Real Academia Española, titulado La sociedad presente como materia novelable, y que se incluye en este homenaje: “Imagen de la vida es la Novela”https://bit.ly/34YVgQO

 

Y la prensa publicó…

 

El Imparcial (Madrid. 1867). 5-1-1920 El Globo (Madrid 1920) La Libertad (Madrid. 1919). 5-1-1920

 

 

La Fontana de Oro, La sombra, El audaz, Doña Perfecta, Gloria, Marianela, La familia de León Roch. La desheredada, El amigo Manso, El doctor Centeno, Tormento, La de Bringas, Lo prohibido, Fortunata y Jacinta; Celín, Tropiquillos y Theros; Miau, La incógnita, Torquemada en la hoguera, Realidad.

Ángel Guerra, Tristana, La loca de la casa, Torquemada en la cruz, Torquemada en el purgatorio, Nazarín, Halma, Misericordia, El abuelo,Casandra. El caballero encantado, La razón de la sinrazón.

Bailén, La batalla de Los Arapiles, Cádiz, La corte de Carlos IV, El 19 de marzo y el 2 de mayo, Gerona, Juan Martín El Empecinado; Napoleón en Charmartín, Trafalgar, Zaragoza. Los Apostólicos, Los Cien Mil Hijos de San Luis, El equipaje del Rey José, Un faccioso más y algunos frailes menos; El Grande Oriente, Memorias de un cortesano, La segunda casaca, 7 de julio, El Terror de 1824, Un voluntario realista.

Los Ayacuchos, Bodas reales, La campaña del Maestrazgo, De Oñate a La Granja, La estafeta romántica, Luchana, Mendizábal, Montes de Oca, Vergara, Zumalacárregui. Aitta Tettauen, Carlos VI en la Rápita, La de los tristes destinos, Los duendes de la camarilla, Narváez, O’Donnell, Prim, La Revolución de Julio, Las tormentas del 48, La vuelta al mundo en la Numancia.

Amadeo I, Cánovas, De Cartago a Sagunto, España sin Rey, España trágica, La Primera República.

¿Dónde está mi cabeza?, Una industria que vive de la muerte: episodio musical de cólera; La novela en el tranvía, Rompecabezas, De vuelta de Italia, Memorias de un desmemoriado.

 


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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