El placer de leer

|Mari Carmen Sinti|

Como todo en esta vida, la lectura lleva su aprendizaje. Desde que empezamos a juntar letras y distinguir un sonido del otro, vamos descubriendo todo un mundo de aventuras que incentiva nuestra imaginación. Creo que esa es la mejor época para iniciar a los pequeños en este viaje ya que con esa edad sus mentes están predispuestas a vivir fantasías porque, ya de adultos, quizás no tenemos la facilidad que ellos tienen para aceptarlas.

¿Recordáis las primeras lecturas con las que dimos el salto del género “infantil y juvenil” a los muchos de adultos? Yo tengo aquella sensación grabada en mi memoria. Tras una serie de libros que me dejaban totalmente decepcionada, incluso defraudada pues no cubrían ya mis expectativas como antes, giré un día la vista y descubrí algo que había estado en las estanterías de mi casa desde siempre. Pero aquel día lo miré con otra visión diferente. Aquel día la biblioteca de mis padres me llamó, ella a mí. Me acerqué, y saqué uno de los tomos que ya me eran inconscientemente familiares… y firmamos un pacto tácito: nos íbamos a saciar uno del otro hasta agotarnos.

Y nació la mayor historia de amor que haya existido en mi vida, la mía con la lectura. Y creo que cada lector tiene un caso parecido, una situación similar y unos momentos inolvidables que revive de vez en cuando, sintiendo la misma gratificación como si fuera el primer día.

Os explico todo esto porque, como en cualquier relación, los sentimientos evolucionan. Mutan por la costumbre y la monotonía. Y pasamos a ser más selectivos, a buscar en los libros personajes más creíbles, situaciones más verosímiles y argumentos más consolidados cuyas tramas desprendan originalidad, cuyas descripciones se asemejen cada vez más a la imagen que nos aporta una fotografía o un film, criticando cualquier falta de vocabulario, error de sintaxis, coherencia de semántica. Vamos acumulando en nuestro haber tantas y tantas lecturas, que escogemos las obras maestras y las guardamos en nuestra memoria, desechando el resto, simples pensamientos o deseos de un autor cualquiera y que no cumple los requisitos para ser el top en su género.

Y llega un día en que nada nos satisface, todo es demasiado poco. Siempre buscando el diamante entre una pila de carbón. Ya lo que acumulamos no son más que decepciones. Nuestra mirada crítica, nuestra lupa analizadora, nuestro tiquismiquismojuzgando el libro por la portada, contraportada o solapa, nos agria como lectores y vamos enterrando la inocencia de aquel niño que portaba un libro bajo el brazo, la cara radiante, la mente expectante delante de un fin de semana de aventura.

Esta es otra: la apuesta de hoy en día contra la opción de la lectura es enorme. Miles de juegos, interactivos muchos de ellos, películas, programas de televisión, tablet u ordenador, incluso el whatsapp o las redes sociales, han restado tiempo e importancia a leer. Me incluyo, mea culpa. Los audiovisuales son una droga de la que es muy difícil escapar a no ser que tengas una voluntad férrea. Es muy fácil liarse cuando contactas con tanta gente a la vez y cada uno de ellos te cuenta su historia, publica sus fotos, te alaba cuando lo haces tú y, en definitiva, hace que te sientas menos solo. La soledad, el mal de este siglo.

Pero, ¿qué nos queda de aquella sensación de novedad cuando abríamos la tapa del libro para empezar una nueva aventura? ¿Dónde quedó la bibliotecaria recomendándote tal o cuál libro porque el que le acababas de devolver con aquella cara de satisfacción te había dejado más ansia aún por seguir leyendo? ¿Por qué hemos olvidado la sensación que nos aportaba coger un nuevo libro y, entre las manos, mirar la portada colorida, abrir la tapa, oler sus páginas, pasar los ojos sobre los grafemas, las sílabas, las palabras, las líneas, las frases, los párrafos? ¿Recuerdas aquella sensación de pérdida cuando llegabas a la palabra “Fin”? No importaba lo que tardaras, podían ser minutos, horas o incluso días, pero irremediablemente volvías a elegir otro libro y todo el ciclo empezaba de nuevo.

No deberíamos haber perdido el placer de leer por disfrutar. Aunque, y tal como sucede en nuestra sociedad actual que sacrificamos la intimidad por la seguridad, en nuestro caso estamos perdiendo el disfrute por obtener calidad y eso no siempre nos aporta ni satisfacción ni felicidad.

Probemos a volver a gozar como hace años, a reencontrar aquellas sensaciones perdidas. Tomadlo como un reto, como un objetivo o como un experimento, da igual…

Y luego tú, sí tú, luego vienes y me lo cuentas.


©Texto: Mari Carmen Sinti

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