El milagro del conejito

|Enrique Pérez Balsa|

 

Después de otro glorioso día laboral de mierda por fin me encuentro en mi bendita morada para disfrutar del merecido reposo del guerrero. Abro la puerta y me frena un tsunami de gritos:

—¡Que recojas la habitación! ¿No te he dicho mil veces que hay que poner la mesa para cenar?, ¿Te vas a pasar la vida en el baño? ¡Ya ha llegado tu padre, a ver qué le cuentas de la nota del colegio!

Estoy por chillar —¡Perdón, me he equivocado!, cerrar la puerta y salir corriendo—, pero ya es tarde, mi santa sale a mi encuentro y no precisamente para recibirme con los brazos abiertos.

—¡Esto es increíble! Lo que les dices, les entra por un oído y les sale por otro. Diles algo, que me tienen hasta el moño.

La huida es imposible, así que dejo con desgana la chaqueta en una silla del comedor y cojo aire para enfrentarme a los vástagos.

Una vez resuelta la situación, o por lo menos domada la incomodidad que reinaba, nos disponemos a cenar. La verdad es que son prontos que con tres amenazas y dos bufidos se suelen resolver, y como en la mar, después de la tempestad vuelve la calma. Una vez servida la cena ponemos la televisión —obviando totalmente los consejos de esos chupópteros autodenominados sicólogos sobre la conversación y la unidad familiar; que una de dos, o no tienen hijos o no curran doce horas, ya que si lo hiciesen, lo que menos les apetecería sería ponerse a platicar. Con lo bien que se está con encefalograma plano. ¡Bendita caja boba!—. Que conste que sí que hablamos y hacemos chistes, pero sobre las cosas que nos cuenta la diosa digital, nada de cosas serias, y así estábamos hasta que una imagen provocó que se me cayera el tenedor.

—Papá —mi santa me llama así cariñosamente—, ¿Qué ocurre?

—¿Habéis visto eso?

—¿El qué? —pregunta mi hija—, ¿El anuncio de colonia?

—Sí, pero no es de colonia normal, es… ¡Navideño!

—Claro, papá —mi hijo también me llama así— estamos en diciembre, las Navidades están a la vuelta de la esquina. ¡Hay que empezar a hacer la carta de los Reyes Magos!

—Putos Reyes Magos, ¡Y puta Navidad! —Exclamo y me levanto de la mesa tirando la servilleta encima del plato.

—Papá —dice mi hija alertada, que igualmente se refiere así a mi persona— ¿Qué te pasa?

—Papá —insiste esta vez mi santa—, ¿no volverás con lo de siempre?

—¡Dejad de llamarme papá!  —exclamo airado—. ¡Estoy harto de que se me llame papá ¿O es que os habéis olvidado de mi nombre y por eso papá, papá? —Cojo la chaqueta y me voy de casa dando un portazo.

Me pongo a caminar sin rumbo por las calles casi vacías; hace un frío de pelotas y el único garito que veo abierto el letrero reza “El conejito caliente”, me la suda cómo se llame, entro y el luminoso no dejaba lugar a dudas, es un lupanar. Me dirijo a la barra omitiendo a las numerosas mujeres que me guiñan los ojos y lanzan besos al aire. Pido un vodka con limón y por el clavo que me mete el sieso del camarero debe ser bueno, se sienta una chica a mi lado.

—Hola, papito ¿Me invitas a una copa?

¿Papito? ¿Qué tipo de broma es esta? La iba a mandar a paseo, pero viendo su sonrisa, más falsa que el beso de Judas, intuyo que debe amar tanto su trabajo como yo el mío.

—Sí, pero solo te voy a invitar, no quiero nada más, aunque no te lo creas me he metido aquí porque hace mucho frío y necesitaba pensar.

Sonríe, esta vez parece que de verdad, y pide un combinado al sieso, que para mí que es tónica sola con una rodaja de limón.

—¿Y sobre qué necesitas pensar? Si tu mujer no te hace caso o simplemente tienes ganas de pasarlo bien pero no te atreves a dar el paso, yo estoy aquí para ayudarte.

—De verdad que quiero pensar. De hecho, si te quedas a mi lado y en silencio, luego te invito a otra.

Parece que ha cogido el concepto, pasa un buen rato y de vez en cuando la miro de reojo, no parece desanimada, igual, como solo estamos tres clientes y los otros dos están rodeados de chicas, le viene hasta bien. La verdad es que me ha despistado y pienso que igual hablar con un extraño es buena terapia.

—¿No estás harta de tu trabajo? —rompo el silencio.

—¿No decías que no querías hablar?

—Me siento incómodo teniéndote al lado moviendo el pie al ritmo de la música.

—Si quieres me voy.

—No, que entonces vendrán tus compañeras.

Se echa el pelo hacia un lado y apoyándose en la barra responde.

—¿Y quién no está harto de su trabajo? La diferencia es que del mío no puedo salir así como así.

—No te creas, del mío no podría salir ni aunque quisiera.

—Ya, seguro que también tienen amenazada a tu familia  —dice con tono sarcástico.

—¿Estás aquí en contra de tu voluntad?

—No serás polizonte, ¿verdad? Aviso ahora mismo al encargado y te echa de aquí a hostias.

—No, no, tranquila, tan solo soy repartidor.

—¿Y te podrían matar si te vas de tu trabajo?

—¡Ojalá! —respondo riéndome.

—Igual has tomado alguna copa de más —interrumpe una voz grave.

Un negro fornido y grande como una casa le hace un gesto a la chica que se levanta y se va con cara de pocos amigos.

—¡Joder! ¿Qué haces tú aquí? —me termino la copa de un trago.

—Me ha llamado tu mujer preocupada, me he puesto a buscarte y sabiendo que andar no es lo tuyo, intuí que habrías entrado aquí. No te imaginaba en un local así.

—Pues ya ves, la vida te da sorpresas.

—No a ti, tu rutina es bastante clara.

—De eso, de eso estoy hasta los huevos, la puta rutina, todos los años la misma historia.

—No te quejes, es un trabajo fijo y hoy en día no puede decir eso todo el mundo, además piensa que repartes algo más que paquetes, es alegría para quien lo recibe.

—Claro, ellos felices como perdices y nosotros perdiendo el culo trabajando hasta las tantas. ¡Sieso!, digo… ¡Barman! Ponga dos vodkas con limón.

—Para mí un refresco de limón. Ya sabes que no bebo.

—Pero bien que le das a la María, no te jode.

—Nadie ha dicho que sea perfecto. Pero cumplo mi trabajo estoicamente, y es algo que debes tener en cuenta. El trabajo es sagrado.

—¿Sagrado? ¿Quién cree hoy en día? La expresión de sagrado ya no existe.

—Buuuf, sí que te ha dado fuerte, voy a llamar a los compis, que me temo que yo solo no puedo contigo.

 —Como si llamas a la Virgen santísima. Este año me quedo en casa, ya verás como nadie nota mi ausencia; y si me despiden, de puta madre, me pondré a escribir, que es algo que me hace ilusión.

—¿Escribir?, ¿Sobre qué?

—Mi biografía, seguro que se convierte en un best-seller… Con todo lo que he visto…

—Sabes muy bien que eso no va a pasar. Hay ciertos límites, y si los sobrepasas puedes tener un problema muy, muy serio.

—Reunión de pastores, ovejas muertas —irrumpe una voz con acento saudí.

Nos volvemos y digo con dejadez:

—Los que faltaban, el moraco y el ario.

—Veo que no tenemos hoy el humor fino. ¿Qué te ocurre, alma cántara?

—Lo de todos los años, le entra el pánico del escenario ante el curro que se avecina —explica el armario ropero de caoba.

—¡Que no es eso, coño! Es tener que estar poniendo buena cara y repartiendo paquetes a hijos de la gran ramera.

—El juzgarles no es tu cometido, tú debes llevar ilusión, igual luego cambian.

—Sí, claro —respondo con gesto displicente. Lo mejor para un cabronazo que por su culpa consigue que cinco mil tíos se vayan a la calle es darle una dádiva. ¡Una patada en las pelotas! Eso es lo que habría que darle. Además que ya llevo mucho tiempo en esto y estoy harto.

—Más tiempo llevamos nosotros y no nos quejamos.

—Claro, sois tres, bien sabéis que yo me encuentro solo.

—¿Solo dices? —responde el árabe señalándome con el dedo— Tienes un montón de gente trabajando todo el año para que luego, sí, te pegues la paliza, pero es un día.

—Como que vosotros gestionáis el proceso antes del envío. ¡Que somos repartidores!, no os crezcáis.

—Sí, pero repartidores de ilusión. Eso me llena de orgullo y satisfacción —confirma con cara de santo el ario.

—Pareces el rey emérito, a ver si tenemos más imaginación.

La chica se vuelve a acercar: —Papito, ¿Y esa segunda copa que me habías prometido?

—¿Papito? —Corean al unísono los tres que se empiezan a partir el pecho hasta que se les saltan las lágrimas.

—¡Ya sé lo que te hace falta, amigo! —Dice secándose las lágrimas el ario de ojos azules—. Nada de copas, guapa, a este te lo subes a la habitación.

—¡¿Estáis locos?! Estoy felizmente casado y no voy a cometer esta felonía.

—Ni mil palabras más —inquiere el árabe—. Nos llevan a la fuerza a los dos hasta llegar a la puerta de una habitación donde nos empujan dentro.

El silencio es palpable hasta que la chica se empieza a desnudar.

—Para, para. No vamos a hacer nada, te va a venir bien porque estos capullos pagarán la minuta y no vas a tener que trabajar.

—Ja, ja, Pues debéis de ser papá Noel y los tres Reyes Magos, que dais sin pedir nada a cambio.

—Pues mira, ya tienes tu regalo de Navidad.

—Se agradece, pero preferiría otra cosa.

—¿Qué te gustaría que te regalasen de verdad? —Pregunto sentándome en el borde de la cama.

Se sienta a mi lado colocándose el vestido y suspira.

—Libertad, creo. Poder trabajar en algo que no fuese esto, de cajera en unos grandes almacenes, por ejemplo, y aunque las pasase putas cada fin de mes, no temer por mi vida o la de mi familia. Pero eso solo podría dármelo un ente como los que te he dicho antes, y va a ser difícil.

—Eso le comentaba a mis compañeros, que ya nadie cree ni en la Navidad, ni en Papá Noel ni en los tres reyezuelos.

—Para mí es complicado creer en milagros, la vida no me ha regalado nada… Bueno, sí. Aunque fruto de una violación, tuve a mi hijo. ¿Tú tienes hijos?

—Sí, los de ahora tienen dieciséis y dieciocho años.

—¿Los de ahora? ¿Te separaste y tienes más?

—Nunca me he separado, y sí que ha habido más, cada cien años tenemos un par. En total diecisiete.

—Eres un cachondo, creía que estábamos hablando en serio.

—Perdona, era por quitarle dramatismo a la conversación. Pero de verdad que me interesa lo que me estabas contando.

—No sé por qué pero te creo… Pues eso, que no puedo creer, se me hace muy difícil, pero si mi hijo tiene un regalito en Nochebuena, con ver su carita, agradezco que él sí lo crea. Y hago todo lo posible para que así sea, aunque sea engañarle, que tenga esa ilusión, que luego ya se encargará la vida de quitársela.

Me quedo mirando al suelo pensativo.

—Pero háblame de ti ¿Por qué estás abatido? Eres el primer hombre que viene aquí, me invita a una copa y cuando subimos a la habitación no quiere hacer nada. Tienes algo que me gusta y sobre todo, me conforta estar a tu lado.

—Venía con la idea de que lo que hago no sirve para nada, pero me estás animando. Eso sí que no tiene precio.

—No será tan duro cuando te puedes permitir pagar quince euros por cada copa y treinta por la mía. Yo con lo que te has gastado en dos horas, comemos una semana.

—Aunque no te lo creas es duro. La vida del repartidor tampoco es camino de rosas.

—Me lo imagino, el tráfico, la lluvia… —Hace un gesto irónico torciendo la boca.

—No te mofes, mi empresa la monté en el año doscientos ochenta, y estuve mucho tiempo trabajando muy contento, pero desde hace ochenta y ocho años, una multinacional me impuso una nueva imagen. ¡Sin ni siquiera preguntarme! Y la han utilizado innumerables compañías, y no te creas que me reportan nada. Todo por la cara. Es algo que termina quemando.

—Me parece que, como decía tu amigo, has tomado alguna copa de más. Si de verdad tienes mujer y la quieres, deberías estar con ella.

—Muchas gracias, de verdad. Me has abierto los ojos. Pero no lo olvides… ¡Mi color es verde, no rojo!

Salgo de la habitación y de reojo veo que está con un dedo dándole vueltas al lado de su sien, interpretando locura. Sonrío. Bajo al garito están los tres rodeados de chicas y con gran algarabía.

—¡Hombre! Que rapidito eres. ¿Cómo ha ido la experiencia?

—Lo sabes perfectamente, Melchor, que para eso eres mago. Os veo muy bien acompañados.

—Ya sabes, alentando la cordialidad de la natividad, hemos pedido varias botellas de cava y las chicas están encantadas.

—No dejáis pasar una, golfos, ¿Y también vais a subir para ilusionarlas más?

—Nosotros estamos solteros. Y tengo el espíritu navideño como el cerrojo de un penal.

—Ho, ho, ho. —Me río—. Chicos, mil gracias. Veniros a cenar una noche a casa, os debo una.

Se levantan y nos abrazamos como borrachuzos en el momento álgido de exaltación a la amistad. Salgo del garito y me dirijo a casa, cuando llego está mi Santa esperándome.

—¿De dónde vienes?

—De un puticlub, y he conocido a una chica que me ha devuelto la ilusión. Pero todo te lo debo a ti, Viejita Pascuera, si no hubieses llamado a esos tres descerebrados de los Magos, igual estaría en la barrena que yo mismo me he formado.

—Sabía que te ayudarían —dice crecida—. Voy poniendo un Whatsapp a Rudolph para que vaya preparando el trineo.

—¿Entre nuestros regalos tenemos algo que pueda ser sinónimo de libertad?

Me mira con la cara dulce que la caracteriza cuando los niños no dan por culo. —Por los lares por donde te has movido, me temo que es dinero.

—Se lo reclamaré a Coca-Cola, pero esa chica tendrá su presente. ¡Por mis verdes cojones!

Nos reímos y aunque no os lo creáis, después de mil setecientos y pico años, la sigo deseando. ¡Esto sí que es el espíritu de la Navidad!


©Enrique Pérez Balsa

©Revista CONTRALUZ