Perder una y quedarme con tres

|M. Á. Contreras Betancor|

 

A mí tampoco me gustaba el mundo ni la gente.

Qué hacer cuando se tiene claro que Lo único que me gustaba era abandonarme a mi mundo impreciso, lleno de incitaciones y de vagas promesas. Qué hacer si por un error usted descubre que posee una habilidades laborales que hacen de su persona un objeto de deseo, tanto para hombres como para las señoras; que usted, ayer un adolescente gandul, fantasioso y melindre destroza vidas propias y ajenas, se llena de angustias varias, vuelve a subirse a la nube de las ensoñaciones mientras el tiempo pasa a su lado como si nada.

Hugo Bayo, un pequeño cabroncete, flaco y más bien débil, aunque dentro de él “habitaba una suerte de fanatismo y coraje”, virtudes sobre las que el lector podrá opinar cuando vaya pasando las páginas de La vida negociable (Tusquets, 2017) de Luis Landero, protagoniza esta historia desde la más profunda de las desidias, de las suyas; que aprende por consejo paterno que todo en la vida es negociable. Que encontrará el amor junto a una bola de cristal, pero será un amor con escaso apego al enamoramiento –Leo mediante–.

Preguntaba al inicio cómo es posible huir de unas cualidades (laborales) que no gustan pero para las que se posee sobresalientes dotes artísticas, porque Huguito se destapa como un peluquero de altos vuelos a pesar de sus pesares, mas gracias a ellos conocerá a la coronela.  Pasará por unas peluquerías, que en contra de lo que opine el brigada Ferrer, no siempre son –si es que alguna vez, sí– “unos lugares ecuménicos y enciclopédicos”. Por otro lado, mientras leía, creí atisbar ciertos parecidos entre nuestro Hugo Bayo y Holden Caulfield (El guardián entre el centeno), sobre todo en los inicios del relato nacional. Y así, con este apunte entro en uno de mis jardines preferidos y me quedo a contemplar las flores.

Continuará la historia del peluquero que huye de las tijeras, transcurrirá su existencia a golpes de ida y vuelta, descubrirá a San Garcinuño, el santo de los prodigios perniciosos, se enfrascará en los estudios con el ansia de convertirse en licenciado calavera e irán pasando los años, Leo estará ahí y fundidos en un abrazo nocturno frente a un local comercial, Hugo respirará lentamente y como si el tiempo se hubiera detenido, afirmará: “… sigo pensando que dentro de mí hay magníficas cualidades innatas esperando salir a la luz.»


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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