Inmisericorde

|M. Á. Contreras Betancor|

¿Cuáles son sus palabras, esas palabras tan sofisticadas e incomprensibles?

No entraré, al menos en esta ocasión, en las procelosas aguas de qué es el canon o no de la novela policial y menos aún de si los primeros párrafos son o no fundamentales para atrapar al lector, mas en este caso, no fue hasta llegar a la página 54, finiquitado el caso del abogado Carvin, que Cuando sale la reclusa (Siruela, 2018 [Traducción de Anne-Hélène Suárez Girard]), empezó a ocupar toda mi atención, si bien es cierto, que un poco antes me resultó atractiva la opinión que de Adamsberg tenían dos de sus subordinados, para quienes los métodos de trabajo del comisario siempre eran “erráticos y se oponían frontalmente a sus pulmones cartesianas”. Pero bueno, el edificio precisa otros cimientos.

Dicho esto, paso a lo que importa (o me importa).

En esta nueva entrega de su saga policial, Fred Vargas presenta al lector no sé si una historia con dos historias o un universo en el que el submundo de los abusos de un grupo de chiquillos que no son otra cosa que verdaderos hijos de puta, torturadores de sus compañeros con la connivencia de… –huéspedes de un orfanato–, desplaza el eje convirtiendo al primero (universo) en un guiñapo del segundo. Aunque tengo claro que la escritora francesa construye una buena historia, (un verdadero infierno), todo sea dicho, eso no quita para que en algún momento llegue a zozobrar, porque entiendo que perdió algo de ritmo, incluso, sobrevuela la sensación de que ciertos figurantes ocupan demasiado espacio.

Regresando a ese grupo de cabrones con pantalón corto y residencia en el orfanato de La Miséricorde, destaco la reflexión que de ellos hace el doctor Cauvert –que puede levantar ampollas entre la grey ‘supersensible’–: “Eran malvados y estaban orgullosos de serlo, orgullosos de su virilidad»… y añade que lograban lo que se proponían porque “el sadismo produce cantidad de energía y de ideas».

Otro aspecto de Cuando sale… tiene que ver con la Edad Media, época a la que los investigadores del caso se remontan para entender y recomponer una tela como si de una araña se tratara, confirmando por si hubiera dudas, que para comprender el presente hay que recurrir al…

Y concluyo con la certeza de que de todo lo aquí expuesto nada –o poco, o algo– tiene que ver con los protopensamientos o como diría Adamsberg: “burbujas gaseosas”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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