En el purgatorio y fuera del canon

|M. Á. Contreras Betancor|

 

La mentira no se combate con la verdad, sino entendiendo las razones por las cuales esa mentira ha sido dicha y actuando en consecuencia.

Voy a comportarme como un lector sin miedo al abismo, al griterío que sofoca cualquier posible murmullo e incluso al fuego purificador y, haciendo caso omiso a los consejos de mi terapeuta voy a contar la historia de su familia de la que no tengo la menor idea, salvo por los chascarrillos que inundan el edificio en el que viven desde tiempos remotos. No ponga esa cara de asombro, ni siquiera levante la voz, seré yo y únicamente yo, el encargado de narrar las penas de un pasado plagado de errores y medias verdades; de un tránsito de todos sus antepasados por el barro del desacierto. Contaré al mundo cómo son ustedes, quiénes son ustedes y por qué ustedes son como son y no cómo debería ser. No patalee, grite o corra en busca de auxilio: Nadie creerá la versión de que de su familia haga usted, porque usted no tiene la menor idea. Las pulsaciones recuperan el ritmo adecuado.

Si en Imperiofobia y leyenda negra (Siruela, 2016), María Elvira Roca Barea ayudó a muchos españoles a entender porqué tenemos la fama que otros nos han colgado cuál sambenito, o si me apura mucho, como si fuera la costra de una viruela perpetua, en Fracasología (Espasa, 2019), la licenciada en Filología Clásica y Filología Hispánica, presenta un ensayo en el que logra con sumo acierto a desentrañar las causas que llevaron a que el relato de la historia nacional quedara en manos de Francia (y ese lamentable afrancesamiento –rendición–, de los intelectuales de turno),… –Alemania y Gran Bretaña–, ‘gracias’ a la llegada de los Borbones. Pero dicho así, en absoluto se hace justicia al contenido del libro que nos ocupa, un trabajo de investigación y recopilación, que alejado del enmarañamiento de datos que tanto gustan en estos tiempos de esquina y bote pronto, deja bien a las claras las grandes dotes pedagógicas de la autora, su sentido del humor sin el que a los españoles sólo nos quedaría el recurso al suicidio y los tirones de oreja –para desesperación de los blanditos actuales–, que tan bien nos hemos ganado a causa de una espantosa dejación de funciones, aunque en este último caso, la rojez del apéndice antes mencionado se debe anotar en el debe de nuestras mal llamadas élites intelectuales, muy acomodadas entre los almohadones de edificios con luces led, conexión de fibra óptica y saraos a cargo del erario público.

Termino, no sin antes dejar varios apuntes, de los muchos que pueblan el ensayo de la investigadora malagueña.

Como sea que entre las mentes lúcidas existe unanimidad al calificar al Imperio español como un horror entre los horrores, tal y como afirmaban “los publicistas de Luis XIV, Montesquieu o Voltaire”, cabría preguntarse “¿para qué lo quiere nadie?”. Luego tenemos al asunto de que mientras en el siglo XVIII en España no se escribe historiografía contemporánea, en Francia abunda, la de España y, con ella, la de la América española. “O sea, la historia de España durante el siglo XVIII se escribe básicamente en Francia.”

Concluyo con esta reflexión de Roca Barea: “La propaganda es una forma de gestionar la mentira que el español nunca ha podido aprender.” Mientras sigamos deslumbrados por las luces exteriores y asumiendo sus verdades absolutas, no habrá forma de avanzar, de cambiar el rumbo. De sacudirnos los complejos.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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