El juez Dee: el Sherlock Holmes chino que precedió a Sir Arthur Conan Doyle

|Osvaldo Reyes|

 

“La justicia pesa más que la vida humana” (Juez Dee)

 

El 30 de julio de 1942 el trasatlántico Tatsuta Maru, en medio de la II Guerra Mundial, partió de Yokohama para el primer intercambio de diplomáticos entre Japón y los países aliados posterior al inicio de las hostilidades. En este viaje iba un holandés llamado Robert Van Gulik quien, como todos los demás pasajeros, llevaba meses de arresto domiciliario tras el bombardeo a Pearl Harbor y la entrada de Japón en el conflicto armado. Entre sus pertenencias iba una edición litográfica de una novela china del siglo XVIII que se encontró en una tienda de antiguedades de Tokio. La obra tenía por título Wu Tse-T’ien Ssu-ta Ch’i-an, que  se puede traducir como Cuatro grandes y extraños casos durante el reinado de la Emperatriz Wu. El personaje central de la trama se llamaba Ti Jen-chieh, un magistrado (juez) del siglo XVII.

El término fànzuì xiǎoshuō o ficción criminal china abarca todo un género de obras que giran alrededor de la investigación y castigo de los actos criminales. En China continental, los dos subgéneros más populares son las historias de estafas, que nacieron durante la dinastía Ming (1368-1644) con el incremento del poder social de los comerciantes y las historias de deducción detectivesca, que surgieron durante la dinastia Song (960-1279), donde un alto funcionario, generalmente incorruptible, investiga crímenes, descubre a los culpables y procede al castigo de los delitos. Estos últimos se conoce como gong’any muchas veces incluyen personajes históricos conocidos. Los dos más populares son el juez Bao y el juez Dee.

Ti Jen-chieh o Di Renjie fue un oficial y consejero de la dinastia Zhou, bajo el mando de la emperatriz Wu. Su vida parece sacada de una de sus novelas. Fue ministro de obras públicas, secretario general de la corte suprema y juez. Fue acusado de traición, injustamente, apenas escapando una ejecución imperial; fue comandante de un ejercito y, en sus últimos días, mano derecha de la emperatriz. Se dice que varias veces trató de solicitar su retiro, sin que le fuera concedido. Se le conocía como Guolao (El Anciano del Estado). Con ese currículo, no es de extrañar que su fama sobrepasara las fronteras del tiempo y el espacio, pasando del mundo real al de las páginas de la literatura y convirtiéndose, en el proceso, en el juez Dee. Ahora, es parte de la conciencia colectiva del país asiático y, por qué no, de otras parte del mundo. El juez Dee fue llevado al formato de comics, a la televisión, al cine y, si compran el juego (computadora y play station), pueden ponerse la túnica del jurista, mientras tratan de encontrar la causa detrás de la misteriosa enfermedad del hijo de un alcalde (El caso del Dios de la ciudad). Su popularidad, extendida gracias a la pluma de Van Gulik, quien escribió diecises novelas adicionales usando el personaje del juez Dee, logró que fuera conocido como el Sherlock Holmes chino, elogio algo irónico si consideramos que el personaje histórico precedió al imaginario por más de mil doscientos años.

Van Gulik le prestó atención a su pequeño tesoro litográfico un año después. Era una colección de historias gong’an. El término hace referencia al escritorio de un magistrado en China y, con el tiempo, se convirtió en sinónimo de “casos legales inusuales”. De los gong’an que revisó, decidió traducir al inglés los de Dee y en 1949 autopublicó la obra que llevó al exótico personaje al mundo occidental: Casos celebres del Juez Dee.

En este libro, el juez Dee tiene que lidiar con tres misteriosos asesinatos, mientras labora de magistrado de Chang-Ping, en la provincia de Shantung.  Para esto cuenta con la ayuda de cuatro asistentes: el sargento Hoong (anciano consejero y sargento en su tribunal), Ma Joong (investigador, experto en artes marciales y ladrón retirado), Chiao Tai (investigador, ex soldado y ladrón retirado) y Tao Gan (investigador, apostador y estafador). Los crímenes no están separados, sino que Dee debe resolverlos de manera casi simultánea. Uno le resulta fácil y lo soluciona en un par de capítulos, pero los otros dos se extienden casi a lo largo de todo el libro. El primero de los crímenes es el asesinato de una pareja de mercaderes de seda (El doble asesinato al amanecer). Investigando este caso, para lo que se disfraza como un médico ambulante, se topa con la misteriosa muerte de otro hombre y, sin querer, con un asesinato encubierto (El extraño cadáver). Aunque sospecha de la esposa desde un principio (y en la historia se sabe que es culpable), el reto de Dee es descubrir cómo lo hizo y demostrarlo. Finalmente, antes de atrapar a los responsables de los dos casos previos, un tercer caso cae en sus manos. La sorpresiva muerte de una novia en su noche de bodas (La novia envenenada). El juez Dee usando una mezcla de deducción, de observación y de analizar las pistas descubiertas por su equipo de ayudantes, logra identificar a los responsables y hacer justicia.

No es un trabajo fácil, pero el juez Dee tiene dos herramientas a su alcance que ninguno de los detectives literarios conocidos tenían. En la literatura china no es extraño ver la aparición de criaturas o elementos sobrenaturales, los cuales intereaccionan con los personajes para ayudarlos en sus labores. En el caso de El extraño cadáver, Dee ordena su exhumación, lo que ya era un problema mayor y de equivocarse podía causarle un castigo proporcional a la ofensa cometida. Antes de ordenar al médico que inicie con la autopsia, que no es lo que nos imaginamos, sino un proceso más minucioso de evaluación del cadáver, pero superficial para los estándares actuales, Dee le pide al muerto que les de una señal si fue asesinado. El cadáver, por supuesto, brinda la confirmación solicitada, pero la autopsia no revela la causa de la muerte. Exhumar un cadáver sin una causa probable y sin ninguna razón evidente, era un sacrilegio y un acto que bien pudo costarle su puesto. Por eso, Dee no escatima esfuerzos al interrogar a los sospechosos, recurriendo a la tortura de ser necesario. Estos episodios de violencia gratuita tampoco son extraños en la literatura china, donde se espera que los culpables paguen su crimen en este y en el otro mundo. En muchas obras, el personaje central es capaz de atravesar al inframundo o de hablar con los jueces del más allá y el lector es capaz de ver como el responsable es castigado por toda la eternidad. En Casos Célebres, Dee recurre a la tortura para arrancar la confesión de los que considera son responsables de los crímenes que investiga y, a pesar de que Van Gulik les bajó un poco el tono, las descripciones son gráficas y van desde planchas que comprimen extremidades hasta arrodillarlos sobre cadenas de hierro al rojo vivo. Al final, solo una sospechosa soportó las torturas y no confesó (la esposa del extraño cadáver), por lo que Dee tuvo que usar otros métodos más teatrales para arrancarle la verdad. En las últimas páginas, los culpables son condenados a muerte, lo que ya de por sí es otra enseñanza sobre la cultura china y nos muestra, de manera tangencial, las diferencias entre las clases sociales. El hijo de un reconocido ilustrado es ahorcado, pero su cuerpo no es exhibido, sino que se le entrega a la familia para un sepelio adecuado. Un profesor que no supo custodiar a sus alumnos, fue destituido y se le prohibió volver a dar clases y la esposa, cuya confesión no fue necesaria ya que fue entregada por su amante, sentenciada al lingchi, también conocida como “muerte lenta” o “la muerte por mil cortes”, su cuerpo desmembrado al final y expuesto al público como recordatorio de las consecuencias de romper la ley.

Una de las críticas que se le hace a la literatura negra es la violencia que se puede encontrar en sus páginas, pero esa es precisamente una de sus características más importantes, ya que discutir estos elementos nos permite criticar o evaluar de manera justa el estado de la sociedad en diferentes ámbitos y desde los más variados puntos de vista. Es, según algunos expertos, el género perfecto para la crítica social. Los chinos descubrieron el potencial de estos relatos mucho antes y lo aplicaron de una manera espectacular con los gong’an, pero para sus propios intereses. Aprovecharon la fascinación que generaban estas historias para moldear el comportamiento de la sociedad y mostrar las consecuencias de romper las reglas

El autor verdadero de los gong’an traducidos por Van Gulik permanecerá en el misterio, ya que no se mencionaba en el manuscrito. Sin embargo, este escritor anónimo pudo ser el padre del género, de haber existido en otro tiempo y lugar. Los relatos de Casos Célebres nos recuerdan a los crímenes de Poe, resueltos por Dupin o a los de Sherlock Holmes, diferenciándose por los elementos descritos en un párrafo anterior. Sin embargo, al leer sus páginas no debemos olvidar que el origen del libro se remonta en el tiempo más de un siglo y que los conocimientos actuales no aplican a sus páginas. Un escritor actual debe saber, por ejemplo, que el veneno de una serpiente no puede matar a nadie si es ingerido. Debe entrar por la sangre para ejercer sus efectos neurotóxicos o hemorragíparos, dependiendo del tipo de reptil involucrado. La novia muere por ingerir veneno de víbora, lo que no debió hacer efecto alguno, pero en el siglo XVII o XVIII, era un conocimiento desconocido, por lo que se le puede perdonar a ese héroe anónimo el error cometido.

Van Gulik, tras la publicación e inesperado éxito del juez Dee, intenta que otros escritores sigan desarrollando el personaje, pero cada uno de ellos falló ante sus ojos, algo que era de esperar ya que nadie podía saber tanto de la cultura china y de sus idiosincracias como él. Después de todo, publicó su traducción como respuesta al comportamiento de los escritores asiáticos que se dedicaban al género. Según sus propias palabras “Me di cuenta que el mercado literario estaba saturado de novelas de misterio de tercera categoría sobre Chicago y Nueva York, escritas por jóvenes autores japoneses. Decidí que debía publicar mi traducción en inglés de Dee gong’an solo para demostrarles el excelente material que existía en la antigua literatura criminal china”, algo similar a lo que ocurrió con la novela negra europea que llegó a Argentina. Cuando llegaron las primeras novelas negras al Cono Sur, los escritores sentían que la figura del detective noble al servicio de las fuerzas del orden no era aplicable a la realidad que se vivía en esos países, donde los policías eran parte de las fuerzas de represión. Por esa razón las primeras novelas criminales americanas en español mantuvieron la figura de ese detective conocido, pero se ambientaron en Europa. Con el tiempo, se aceptó que nuestra realidad no era la del otro lado del Atlántico y así nació la literatura negra latinoamericana. Fue un proceso que tomó tiempo, pero eso es un tema para otra conversación.

Regresando a Van Gulik, ante esta situación, procedió a tomar cartas en el asunto y en 1951 publicó su primera novela original, Los asesinatos del laberinto chino en japonés, para luego traducirla al inglés (1956). Van Gulik mantuvo su visión noble del juez, alejándose del manuscrito original que le dio la idea en primer lugar. En la parte que no tradujo, se puede ver como el verdadero juez Dee comienza a usar su influencia y conocimientos para mantener en el poder a la Emperatriz Wu y a la dinastía Tang, manipulando y recurriendo al engaño de ser necesario. Asumió, o decidió asumir, que la segunda parte era obra de algún escritor de menor calidad y la ignoró, a pesar de que varios expertos modernos consideran que todo el manuscrito es producto de la misma mano. En un dilema moral que me recuerda a la trama de Desapareció una noche (Gone, baby, gone) de Dennis Lehane, no sé si fue la decisión correcta, pero tuvo la razón. Prefiero recordar al Juez Dee como la figura imponente, correcta y en búsqueda de la verdad, sin importar las consecuencias, que nació en Casos celebres y que Van Gulik perpetuó en la saga que escribió a lo largo de dieciocho años, finalizando con Poetas y asesinato (1967) que logró terminar poco antes de morir y que se publicó de manera póstuma un año después. Como dato curioso, si seguimos la cronología de Dee, este libro precede a muchos otros. Si seguimos este nuevo orden, el primero (sin incluir Casos Celebres) debería ser Los asesinatos del oro chino (1959) y terminarían con Asesinato en Cantón (1966), cuando Dee ostentaba el título de Presidente del Tribunal Supremo de toda China.

El manto de Van Gulik, como el disfraz de Batman, fue tomado por otras manos y el juez Dee regresó en francés con el autor Frédéric Lenormand (19 libros). Otros autores que han publicados libros con el personaje del juez Dee incluyen a Zhu Xiao Di (China), Sven Roussel (Francia), Eleanor Cooney & Daniel Alteri (Estados Unidos), Lin Qianyu (China) y Hock G. Tjoa (Singapur). Con algo de suerte, seguirá así por muchos años y futuras generaciones podrán leer sobre este extraordinario personaje. Si somos realmente afortunados, algún lector, picado por la curiosidad, buscará sus orígenes y, tarde o temprano, encontrará la traducción de Van Gulik y descubrirá al personaje histórico detrás de las páginas.

El Tatsuta Maru siguió surcando los mares por seis meses más. El 8 de febrero de 1943 el trasatlántico se hundió cerca de las islas Izu, al sur de Tokio, tras recibir el impacto de cuatro torpedos lanzados desde el submarino norteamericano USS Tarpon. Más de 1400 tripulantes fallecieron ese día, sellando el destino de la nave que llevó de Japón a Europa la única copia conocida de las aventuras del juez Dee y al diplomático que, impulsado por su amor a China y a las historias detectivescas, decidió darle vida una vez más.


©Texto: Osvaldo Reyes

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