Olvidar lo que fui

|M. Á. Contreras Betancor|

 

La distancia entre lo sucedido y lo contado sólo se conoce demasiado tarde.

Si fuera un crédulo sin ninguna rendija por la que pudiera colarse un rayo de razón o un guantazo de realidad, habría sido un creyente de esta, digamos máxima: Quien tiene un amigo tiene un tesoro, afortunadamente, casi todos sabemos que tal afirmación no es otra cosa que una estafa emocional diseñada por un grupo de sociópatas que únicamente persiguen esclavizar a la mayor cantidad de idiotas posibles. Pero no soy eso –un creyente–, y sí un hombre con sus defectos y múltiples virtudes, tal vez como el personaje de Sábado, domingo (Alfaguara, 2019) el penúltimo trabajo de Ray Loriga, un ser humano a quien un día de una determinada semana… la culpa. Bueno, ya veremos.

El personaje central, el narrador de esta historia con esas idas y venidas a la que estamos expuestos casi todos –a excepción de los muertos vivientes–, ve cosas que “me parecen memorias exactas del futuro plantadas como ciruelos en el presente”. Él, que se niega a ser llamado por el nombre con el que su madre tuvo a bien bautizarlo en contra de sus expectativas, de las de la progenitora, se arrastra tras la estela de un payaso al que, maldita las contradicciones, no tiene mucho apego y menos cariño. Él, que se fustiga ante el lector –la culpa–, no sé si para expiar errores o provocar cierto grado de empatía, es sincero al reconocer que podría haber contado esta historia de otra manera, salvándome a mí mismo”, pero esa opción, se pregunta, “qué sentido tendría”, salvo engañarse, digo yo.

Con una distancia de un cuarto de siglo, esta historia de Loriga conduce al lector, si éste se deja, hasta un tipo que acaba la primera parte yendo por delante,“aunque fuese huyendo”. Pasarán esos años arrastrando una duda, una culpa, sobre cierta noche, regresará la presencia de Virginia, siempre perenne (no busque un error). Aunque parezca mentira, él ha cumplido años pero se parece tanto al tipo que metía la cara en lo que quedaba de cerveza y “creía ver en el fondo de la jarra”, el reflejo de un completo imbécil… pero con matices. No sé si tantos como la siguiente afirmación: “Creo que de poesía habría que hablar más bien poco, en general.”

No obstante, siempre debemos conservar una porción de esperanzas, como cuando se escuchan campanas a lo lejos… “a esa distancia que marca la diferencia entre el consuelo del tañido y la obligación de la fe.”


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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