El tiempo muerto

|M. Á. Contreras Betancor|

 

No recuperamos la ciudad, ellos nos la vendieron con descuento.

 

Transcurre la acción en la segunda mitad del siglo XVII entre Portobelo y la ciudad de Panamá (la Vieja, tiempo después), ambos enclaves pertenecientes al Virreinato del Perú; los personajes que tomarán parte en la historia (en las historias) van desde un tabernero salmantino con mala suerte pasando por un escribano, un Oidor (juez), el pirata Henry Morgan y toda la tropa de amantes de lo ajeno con residencia en Jamaica. Dicho así, no hago justicia al buen trabajo que, bajo el título de Asesinato en Portobelo (LC Ediciones, 2019), ha escrito el autor panameño Osvaldo Reyes, que empleó seis años en el proceso de investigación, viajes incluidos.

Podría decir que estamos ante una novela histórica con tintes negros, incluso si quisiera, estaría en mi derecho de afirmar que lo que se cuenta en sus páginas tiene cierto aire detectivesco; que también existe una trama de ambiciones desmedidas, visiones místicas fruto de ataques febriles; deseos de venganza, funcionarios y seres de alta cuna de moral disoluta, amén de esos olvidos de la metrópolis para con sus trabajadores, sobre todo, aquellos que se jugaban la vida entre mandobles, arcabuzazos y sablazos. Señalaba la imperiosa necesidad de cierto fraile por limpiar de pecados (y pecadores) un enclave “para salvar el alma” de sus moradores, o el deseo poco disimulado de un repartidor de justicia por acumular maravedíes de cara a un retiro desahogado. Existen otros personajes a rebosar de honra y lealtad que se dejarán el pellejo sin medias tintas. Y de Tobías no hablo porque es mejor conocerlo entre líneas.

Escrito lo anterior y sin querer emular a Hernán cuando asevera que “la mano es la que escribe, pero todo el cuerpo es quien lo sufre”, puedo afirmar que Asesinato en Portobelo es una novela negra (no se confunda) porque fiel al canon –no piense en ortodoxias–, lo que en ella importa no son aquellos que se van de este mundo antes de tiempo, y sí quiénes ordenan arrebatar esas vidas; no se vive un frenesí entre anchas avenidas y persecuciones a través de ríos o manglares, ni siquiera aparece –afortunadamente– un espontáneo en plan guía turístico, sino que se muestran decisiones, formas de ser, estar y entender el entorno.

La vida siempre está presente, las formas en que se relacionan los personajes… el hábitat. La historia hecha ficción y la ficción reconvertida en un argumento para conocernos a modo de una aproximación.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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