Homicidio en defensa propia

|M. Á. Contreras Betancor|

 

La terminación de mi recto es como un agujero negro: absorbe hasta la luz y expulsa hasta las ánimas.

Leer por placer no debería convertirse en un automatismo cuyo fin último no sea otro que confirmar el acierto del lector a la hora de elegir el libro; una suerte de onanismo salpimentado de algunas gotas de narciso encuadernado, de tal guisa, que el éxito está asegurado poniendo en jaque la archiconocida infalibilidad del obispo de Roma. Pero un servidor no está por semejante labor y aunque sea pasto de la indiferencia, prefiero sondear la amplia geografía que conforma el mundo de los escritores.

Bajo el título de El edén de las manitas de cerdo (M.A.R Editor, 2019), Enrique Pérez Balsa se estrena como novelista con un trabajo que se alzó con el VIII Premio Wilkie Collins de Novela negra, un género por el que siento un especial cariño y del que a veces salgo corriendo mientras grito: ¡Señor!, ¿por qué me has abandonado?, y mientras espero una respuesta releo clásicos, observo el tránsito de las estaciones, de las guaguas atestadas de seres y compruebo que, efectivamente, Dios no existe, o si de verdad está entre nosotros, siempre se encuentra enfrascado en lecturas tan interesantes (que podrían cambiar su vida, el curso de los acontecimientos y los meandros de los ríos), que se olvida de mí.

Pero en esta ocasión, más que llorar de pena, se me han saltado las lágrimas de puro gusto, he vivido las peripecias de Luis, capaz de ‘exteriorizar’ sus cuitas, intramuros de su alma, porque hacerlas de dominio público le granjería odios y alguna que otra hostia. Que la gente es muy suya cuando se trata de las opiniones ajenas. Continúo.

El personaje central a la par que narrador, vive una existencia tan plácida como pueda tenerla un padre divorciado con dos adolescentes y una exmujer que no siente mucha simpatía por su otrora amorcito. Disfruta de un ambiente laboral tan estrecho que se asemeja a un microclima irrespirable, salvo en fiestas de guardar y en un momento determinado pide a Ramón que le enseñe a distinguir a la gente, que la gente es muy complicada. Ya me lo repetía mi tía abuela mientras yo jugaba al boliche solitario o repartía cartas marcadas.

Conocerá, a Luis me refiero, que algunas soluciones ante la falta de euros pueden conducirte hasta cavernas nunca exploradas; aparecerá Ágata (la tita) que desde su senectud lo llegará a confundir. Aparecerá el enamoramiento hasta las casi trancas bajo el nombre de Marta, ¡ay!, Marta y sus lágrimas, y su mirada, y el novio; y su bate de béisbol… Y Ramón, y los negocios turbios. En definitiva, la vida en negro sin perder de vista el vértice en el que cobijarse para sonreír, porque la novela negra no agoniza; porque la seriedad de las tramas no debe confundirse con un rictus de asco. Porque la vida tiene unas manitas que reparten juego en defensa propia.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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