La vereda de enfrente

|M. Á. Contreras Betancor|

 

…entre la ansiedad de perderte y el temor de hacerte mal.

Se me acaba de ocurrir la posibilidad de que cada vida se desarrolle en un túnel del que desconocemos su longitud, salidas de emergencia y áreas de descanso. Es probable que se me acabe de ocurrir que la existencia no es más que un agujero del que no tenemos la menor idea en cuanto a quién lo ha diseñado, por qué y con qué intenciones; a lo peor sólo es un espacio cuya única utilidad consiste en servir de contenedor de la vanidad, de esa vanidad que tanto perturba a Juan Pablo, de esa ausencia de realidad o sustancia que martiriza al personaje central de El túnel (1948) una novela, pero no cualquier novela del escritor Ernesto Sabato (1911-2011).

Qué mala es la soledad, pero qué espantoso resulta añorar la presencia de alguien a quien no se conoce, de quien no se tiene noticias, a quien se ha visto durante unos instantes; qué pernicioso es “regresar a casa en un estado de profunda depresión”y sentir que se hace imprescindible pensar con claridad “si no se quiere perder a la única persona que ha comprendido mi pintura”. Pero aún es peor no hacer nada por conocer a ese humano –María– e imaginar durante siglos qué ocurriría si la fortuna ofreciera la posibilidad de reencontrarse. Pero claro, cuando tu cabeza “es un laberinto oscuro”, lo más probable es que una mala noche con un peor sueño se tenga la mala suerte de transformarse en un pájaro… y allí, muy lejos perdura el eco de Samsa. Y aquí al lado, casi en la acera de enfrente, es probable que ocurra algo.

De entre todo lo que cuenta el pintor Castel (Juan Pablo), de entre casi todo lo que narra Sabato, surgen las ganas de una adhesión cuasi inquebrantable ante esta declaración: “Detesto los grupos, las sectas, las cofradías, los gremios”… y de inmediato no sé qué pensar de Mimí y su creencia en que “el artista debería imponerse el deber de no llamar la atención”, añadiendo que a su parecer, resultan indignantes “los excesos de dramatismo y de originalidad”. Claro está, que es una opinión de alguien que nunca fue seducida por el suicidio y “su facilidad de aniquilación”, salvo que lanzarse “a la nada absoluta y eterna”, sea motivo suficiente para frenar cualquier proyecto suicida.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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