La única magnitud irrecuperable

|M. Á. Contreras Betancor|

 

El mes de enero vaciaba sobre las piedras toda la niebla del alisio.

El obelisco (Ediciones del Cabildo de Gran Canaria, 1986) escrita por Emilio González Déniz, fue la obra ganadora del Premio de Novela Benito Pérez Galdós en su edición de 1983. Hasta aquí los datos básicos, pero ¿qué cuenta? Me atrevo a decir que es un retrato, nolstágico, descarnado, vital, irónico; a veces tierno y otras, creo, salpicado con ciertas dosis de sarcasmo. Un relato por el que desfila un grupo de amigos allá por los años setenta del pasado siglo, bajo la mirada atenta de un monolito que no es tal cosa y sí un obelisco milenario –por ser mil, la cantidad de ladrillos que lo conforman–. Unos seres humanos que se conocen desde hace años, un cura que abandonó los hábitos ante las contradicciones a las que no se puede habituar, de Pedro Miller que se aísla en un pueblo… y de Teresa, Tony, la joven Ana Sico. De la revolución permanente, del franquismo que agoniza; de aquellas interminables reuniones clandestinas en la que “practicaban el narcisismo de escuchar en boca del otro su propio pensamiento”. Recuerdos, muchos recuerdos, algunos de una magnitud irrecuperable.

Transcurre 1977 y por ahí andan los rescatadores de la identidad isleña, y me vinieron al recuerdo aquellos conciertos de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez en el Polideportivo Obispo Frías o en el terrero de lucha del López Socas –en Las Palmas de Gran Canaria–, con las banderas de los países africanos junto a la enseña de la entonces llamada OUA (UA, desde 2002): ¡Ay, Señor!, aquellas ensoñaciones y los sempiternos mecheros al viento. Y otra vez a vuelta con las estrategias antiimperialistas y liberadoras de las clases oprimidas. O tal y como sucedió en cierto acto de “feministas y de otros marginados”, una mujer expresaba –¿sólo ayer?– su terror al macho en unos versos que describían a un ser monstruoso de “larguísimo pene devastador” “feminófago”.

Pero existe el amor y el desamor

Nadie puede dudar –poder, puede–, que los sentimientos marcan hasta el fondo como la lengua de Teresa que atraviesa el alma de Blas; que a pesar de los pesares no hay entereza ética y moral que aguante los embates de la pasión, –Pedro hacia Ana, mediante–. Y aparece la poesía de González Déniz, porque de qué otra forma describir la diversión de Pedro  “experimentando el empuje de Arquímedes en su genitales”, mientras Ana, los veinte años de Ana, cortaban “las olas con la quilla de sus pezones”. Existe el amor, que nada sería sin el desamor, y no hay estrategia ni discurso de método alguno que pueda con la parálisis del amor, los odios del desamor y la devastadora soledad.

Llegarán otros tiempos para el obelisco (supositorio), que sirve de vigía –notario, él– en la calle Tomás Morales; y llegaron esos tiempos que pasaron salpicados de penas y glorias. Pasamos y paseamos muchos por aquella vía, escuchamos las voces, los gritos. Ahora, nosotros y otros pasan, pasean, corren o simplemente contemplan ese tramo de la calle, cuyos extremos que importan están delimitados, por un lado, por el Instituto Tomás Morales Castellano y por el otro, con la actual Facultad de Ciencias de la Educación, (cuya historia se remonta al año 1853 cuando fuera creada la Escuela Normal Elemental de Maestros). Decía que pasarán –y pasearán–, otros ojos, distintas miradas y muchos de los que aún mantenemos el recuerdo de aquellos paseos –de un deambular sin querer–, de un caminar sin prisas, de aquel estar, nos sobrecogemos con los recuerdos. Podría concluir afirmando que también es probable, no sé si deseable, poner a prueba el aguante de quienes poco se soportan o se respetan más de lo que demuestran (¿una contradicción, tal vez? No lo descarto), hasta el punto de como recomendaba Buenaventura Luna: “Conviene hacerse el muerto pa’ saber quién va a llorar”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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