El otro nombre del desamor

|M. Á. Contreras Betancor|

 

La muerte no me interesa

Florent-Claude tiene claro que peinando cuarenta y seis primaveras y atiborrado de antidepresivos para frenar la afición de la serotonina a reptar, esto de seguir viviendo se ha convertido en un problema de hondo calado al que habrá que encontrar una solución lo más eficaz posible, pero claro, están los recuerdos –que son vida–, mas Florent asegura que “los hombres no saben vivir, no tienen ninguna familiaridad con la vida”. De momento, esto no es más que un breve apunte de lo que está por venir en Serotonina (Anagrama, 2019 [Traducción de Jaime Zulaika]), la nueva novela del francés Michel Houellebecq.

El personaje, el hombre que ocupa casi todo el espacio vital –el narrador–, de la novela es un ingeniero agrónomo preocupado por el presente del sector lácteo galo, sobre todo, cuando las directrices de Bruselas van en el sentido contrario a los intereses de los ganaderos allende los Pirineos. Bueno, Florent tiene otros intereses que le desgarran el ánimo y unos antidepresivos que han hecho de su vida sexual algo completamente inexistente: pero vayamos por partes. En primer lugar, el lector conocerá a Camille, Cecille, Kate (una danesa inolvidable) y también a Yuzu, pero de ésta última apuntaré un dato sumamente interesante, dice el protagonista, que “las japonesas no pueden ruborizarse de verdad”, y aunque el mecanismo psicológico existe, “el resultado es bastante ocre”. Abunda el escritor galo en la descripción de otras cualidades de la señora oriental, pero por simple pudor, prefiero que sea usted quien las descubra. De la misma manera que tampoco entraré en detalles sobre lo que para la vida de este hombre significan las otras mujeres que aparecen en estas líneas.

Sí puedo apuntar algún que otro aspecto que entiendo interesante, por ejemplo, recuerda un párrafo de Cioran en el que señala que Maurice Blanchot (filósofo y escritor), es el autor ideal para escribir a máquina porque “no te molesta el sentido del texto”. Usted verá.

Teniendo en cuenta que Florent tiene esos problemas de salud, aparece en escena el doctor Azote, un psiquiatra comprensivo y respetuoso, que sin salir de su asombro, comunica al paciente que tiene la impresión de que “se está muriendo de pena”…, aunque como diría él –Florant–, “no es el futuro sino el pasado el que te mata”, lo que no es óbice para fallecer.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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