La vida es un columpio

|M. Á. Contreras Betancor| 

 

si todos se dedicaran a ser inteligentes y a dudar, el Perú andaría siempre jodido…

El asunto que ocupa estas líneas lleva por nombre Conversación en La Catedral (1969), una novela firmada por Mario Vargas Llosa, una novela, que en palabras del Nobel de Literatura, sería la única que salvaría de un incendio.

Sigamos

Ahora, imagine que escoge un episodio de la historia de su país, que su país se llama Perú y el periodo histórico elegido ha pasado a los anaqueles de la historia con el nombre de Ochenio de Odría (1948-1956); en esta línea de imaginar qué haría un escritor, usted decide que tamaño acontecimiento que marcó la vida de millones de peruanos, será pasado por el tamiz de la ficción, pero no con la intención de suavizar, maquillar o algo por el estilo, sino para darle ese toque personal que únicamente puede salir de la mente de un escritor que rehuye la ceguera ideológica, de un literato que aporta su punto de vista –ficción– respetando los elementos esenciales del hecho a novelar.

Continuemos

Sé que en el arranque de este texto –que en este 2019 cumple medio siglo de existencia–, hay una frase conocida, piensa Zavalita, que no me resisto a dejar en el tintero… “¿En que momento se había jodido el Perú?”. Y si no fuera por Batuque, pobre perrito, cómo descubrir esa cara del país, el color caca –el color de Lima, piensa, el color del Perú–… y de ahí hasta el reencuentro con una parte de la historia de Santiago, ¿verdad Zavalita?, con esa parte de su existencia que el reportero –“hay que ser loco para entrar a un diario si uno tiene algún cariño por la literatura”–, que aspiró a ser revolucionario, que se enredó en círculos por amor; que casi quiso conspirar y no pudo… Y su padre, Don Fermín, el zambo Ambrosio con sus miedos junto a sus lealtades –Amalia, recuerda–, y Queta al fondo. Porque la vida “no le da tiempo a uno ni para pensar en su madre”.

A modo de conclusión

Y los generales tan en general ellos o tan particulares, y los senadores tan fieles a la patria, a la suya; y Cayo tan poco dueño de su destino –eso parece–. Y siempre Santiago Zavala, piensa Zavalita, tú ahí, fiel a unos principios a los que llegas tras… Llegas. Que sean dos cervezas heladas –otra visita a un bulín–; y andamos por eso lares entre transeuntes que son siluetas sin cara que “se deslizan entre velos de humo”, porque aquí cambian las personas, “nunca las cosas”. Piensa, Zavalita.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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