Las lámparas nunca responden

|M. Á. Contreras Betancor|

 

Tú no me quieres porque soy de aquí

A los monstruos hay que nombrarlos, señalarlos, identificarlos sin juegos malabares y sobre todo, sin las famosas medias tintas que dejan los folios hechos una verdadera mierda –o un asquito, si hubiera aplicado un paño caliente–, y la verdad sea dicha, no estoy para florituras según sea el asunto a tratar, al menos no en el caso que me ocupa que lleva por nombre Los peces de la amargura (2006) de Fernando Aramburu, un libro en los que se reúnen diez historias, una decena de instantes, un sinfín de latidos, de gestos, de silencios… de una memoria tan necesaria que muchos quisieran enterrar porque les molesta. Y diez son, también, los años que deberán transcurrir hasta que irrumpa Patria.

Y cada vez que nombraba un objeto a mí me parecía como si hubiera un temblor en el aire”.

En la literatura nacional, sección: realismo sin concesiones –permítame la expresión–, detecto carencias que por fortuna algunos escritores llenan con absoluta solvencia como es el caso que nos ocupa. Son esos episodios, que por lo visto, no resultan atractivos para los autores, poco rentables para algunos editores y sumamente desagradables para las mentes que se han erigido en los sacerdotes que bendicen o condenan. Que manda expiar culpas o reparten bendiciones.

Resulta que Los peces de la amargura no es otra cosa que un brillante ejemplo de cómo narrar con una prosa contundente (no-es-una-frase), historias vitales de gentes decentes que fueron pasto de la barbarie etarra, sí, de esos seres abyectos bendecidos desde el púlpito, homenajeados desde los balcones consistoriales y jaleados desde avenidas y callejuelas. De ciudadanos que fueron señalados como individuos nocivos para el desarrollo de un delirio y a quienes había que depurar con los métodos conocidos. Cuenta Aramburu la experiencia de Toñi, el terror que soporta y sus vecinos, ¡ay, sus vecinos! Está Bego, Íñigo y la sabiduría que demuestra; una colcha que se quema, un hospital en el que esperan la llegada del líder y que seguro hará sonreír a más de un lector… o eso parece. Se puede ser testigo con el corazón despedazado de cómo “En cada pupila se le había parado una chispa furiosa”.

Hay más, mucho más, tanto como usted desee, tanto como aprecie leer una ‘ficción’, que por real y demoledora, pareciera un ejercicio de ciencia difusa en mentes acomodadas, ciegas y sordas.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ