La forma del pasado

|M. Á. Contreras Betancor|

 

Las esquinas de las casas son ángulos que se le clavan en el cuerpo…

Somos seres sociables. Dicen. Pero no hay mejor forma de descubrir la verdad que esconde tamaña afirmación que convivir entre seres amados, que respirar junto a congéneres desconocidos y sobrevivir en un espacio físico cuya única salida es la muerte, o en el peor de los casos, se limita dejarse ir como esas corrientes marinas que desgastan el basamento de la isla: de nuestra existencia.

Jean Marie Gustave Le Clézio escribió La cuarentena (1998) para ofrecer al lector la posibilidad de hacerse preguntas –no importa cuántas–, y situó a los personajes principales en una situación que inicialmente no les permite tomar decisiones y que con el paso del tiempo abrirá puertas de cuya existencia no tenían idea. , –¿y las decisiones?–. Vivirán unas semanas que sumarán años, se mirarán a los ojos y casi no se verán, acostumbrados como estaban a reconocerse entre los pliegues de los recuerdos que al modo de sedimentos se iban depositando en el espacio común. Pero llegará un momento que los islotes donde viven habrán ascendido a la categoría de un lugar que “tiene exactamente la forma misma del pasado”,incluso, “tiene la cualidad de secar todas las palabras”, dice León, la voz que dibuja la historia entre el grito de las aves que reclaman la propiedad del lugar; Suzanne, que aferra su libro de poemas de Longfellow…, Jacques que sin darse cuenta se asemeja al patriarca que desde lejos, en la isla de enfrente, no sufre, no siente… y Suryavati que lo cambia todo, que modifica el alma de León, ese Archambau para quien la vida cambiará cuando descubra que lo que “nos aísla es nuestro propio miedo”.

En esta novela se cruzan unas historias que siempre confluyen en la historia; aparecen Francia, Mauricio (la isla madre), Plate (Cuarentena, las Empalizadas) y Gabriel; se respira el polvo de los ausentes que todo lo impregna. Y existen apuntes para reflexionar como el caso de aquellos cristianos indios que quisieron encender un cirio para honrar a Jesús de Nazaret, mientras navegaban en busca de una vida mejor, pero que son castigados porque ofenden a los musulmanes.Y qué decir de los estragos –leyenda negra mediante–, que ocasiona la gripe ‘española’ o el horror, el asco del turismo sexual que se ceba en las chicas criollas que habitan Mauricio y las que “tan aficionados son los turistas alemanes o sudafricanos”, apunta el que podría ser el último Archambau que intenta apresar –noventa años después–, los rescoldos de la historia familiar, antes de, repito, se sequen todas las palabras.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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