Las aguas del tiempo

|M. Á. Contreras Betancor|

 

Cuando Dios se arrecha, le manda a los pueblos un criador de chanchos.

¿Para qué me sirve ser isleño, si temo al mar, añoro la lluvia y huyo de los charcos, que como trampas explosivas amenazan muchos de los pasos que doy? Si tengo miedo a los truenos que, con retraso, llegan hasta donde estoy, ¿qué sentido tiene asomarse para contemplar la tormenta? Si como declaraba Agustín Millares Sall (1917-1989), “(…) escribir poesía es decir el estado verdadero del hombre…”, leer Margarita, está linda la mar (Alfaguara, 1998) es uno de los mayores placeres que un leedor pueda tener en estos tiempos de ráfagas hacia ningún lado.

El texto del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, bascula entre el viaje que Rubén Darío –el Príncipe de las Letras–, efectúa a León en 1907 donde se le rinde un homenaje y la conspiración que se urde en 1956 –en la ciudad antes referida–, para acabar con la vida del sátrapa Anastasio Somoza, en la que están implicados un grupo heterogéneo de individuos; unos seres que en algunos momentos se mueven entre aderezos cercanos al realismo mágico salpimentados con aromas de enredo, pero con un fondo amargo, tanto, como sólo es posible cuando se impone la realidad. Logra el autor de Mil y una muertes, transmitir el espíritu de las dos épocas en las que se desarrolla la novela, de momentos hilarantes como el de Cordelio, hombre siempre atento a complacer a las damas –y a sus colegas que precisaban de dineros–, cuando “se ufanaba del tamaño de su dotación y del inagotable poder de la misma”.

Pero como los equívocos son una fuente inagotable de errores, de señalamientos con el índice y hasta sirven de pretextos para encender una hoguera con la que finiquitar la discusión, no es menos cierto que los aromas literarios, que en mi opinión, esparce la prosa del Premio Cervantes 2017 a lo largo y ancho de Margarita…, jamás esconden la cruda realidad de unos tiempos pasados (que a fuerza de repetirse siempre están de actualidad), a rebosar de infamias, terrores, pasos al frente, compañerismo y dignidad.

Y el final

Transitan por las páginas, entre otros, Nuestra Señora de los Campos, La Caimana  el santo Mardoqueo, el Dragón Colosal y el tierno Quirón… un Quirón que se impone la misión de salvaguardar la dignidad del poeta y la del revolucionario; de Rubén Darío y de Rigoberto, que así se llamaban, porque en la vida, dicen, a veces no se trata únicamente de abrocharse la portañuela, sino de ser capaz de mantener la cabeza erguida mientras las avestruces prueban nuevas técnicas de invisibilidad.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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