Sensaciones victorianas

|M. Á. Contreras Betancor|

Cuentan que La dama de blanco (1860) se inscribe en una corriente literaria que dieron en llamar sensacionalista muy del gusto de unos tiempos victorianos, que como todos sabemos, poco tienen que ver con el triunfo en contienda bélica conocida, y sí mucho con los usos estéticos y sobre todo éticos y morales que marcaron hasta la médula ósea a la sociedad inglesa, y me quedo con la duda si debería incluir al ser británico.

Esta novela de Wilkie Collins (1824-1889) que inicialmente se publicó muy al estilo de la época, esto es, por entregas, narra las penurias, tribulaciones, angustias y conspiraciones de unos personajes contra otros: De acuerdo, intentaremos mejorar. Me refiero a que el novelista inglés diseña una historia partiendo de unos hechos ciertos que llaman su atención hasta el punto de novelarlos con una extraordinaria elegancia y minuciosidad, pero sobre todo, aporta un elemento singular en el desarrollo de la trama: los personajes principales exponen su opinión al lector, narran los acontecimientos de los que fueron testigos y hacen innecesaria la presencia del narrador omnisciente.

La novela obtuvo un rotundo éxito hasta el punto de que algunos lectores se interesaron por Marian Halcombe, de quien pidieron que se hiciera pública la identidad real para proponerle matrimonio; fue todo un fenómeno comercial poniéndose a la venta perfumes con el nombre de la novela, o las capas que se describen en la misma. ¡Las técnicas publicitarias avanzaban de manera imparable!

Otro de los aspectos, teniendo en cuenta en qué época está ambientada, que llaman la atención es el trato que recibe la mencionada Marian. Collins elabora un retrato en el que destacan la inteligencia, a pesar de los pesares victorianos, y como ejemplo de su toma de conciencia del tiempo que le tocó vivir (tranquilo, que no voy a favor del viento), apunto la siguiente reflexión: “No hay hombre el universo que merezca que nosotras las mujeres nos sacrifiquemos por él”. En otra ocasión, Marian expresa su desesperación ante la discriminación que sufre por ser mujer y no poder tomar una decisión tal elemental –visto desde el siglo XXI– de poder trasladarse en plena noche a otro lugar: “Pero como no soy más que una mujer condenada a tener paciencia, corrección y faldas toda la vida, tengo que respetar la opinión del ama de llaves y arreglármelas como pueda de una manera débil y femenina”.

Apunta Collins otro aspecto, a modo de foto fija, de cómo se las gastaba la gente joven (con posibles) a finales del siglo XIX muy encorsetados en las tradiciones y poco dados a dejar entrar el aire fresco, más si esa corriente provenía de algún extranjero, así que pone en la boca de Walter Hartright (uno de los pilares sobre lo que se asienta el edificio de La dama de blanco), ese comportamiento atípico de su hermana: “He observado, no sólo en el caso de mi hermana, sino en otro muchos, que nuestra generación es menos impulsiva y cordial que la de nuestros mayores”., añadiendo que, por contra, las personas mayores muestran un mayor interés y emoción ante la expectativa del placer que “no logra perturbar la tranquilidad de sus nietos”, añade. ¿Esta consideración no le resulta algo familiar, cercana?

Bien, pues como suele ser norma en esta sección, llega el momento de decir adiós. Suya será la decisión de leer o no La dama de blanco.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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