Ese otro cuidadillo del corazón

|M. Á. Contreras Betancor|

 

Ya le digo que es tiempo de mudar de bisiesto…

Y como sea que el miedo es patrimonio de los miedosos, Revista Contraluz hace su primera incursión al teatro con El sí de las niñas (Leandro Fernández de Moratín, 1760-1828) obra en la que el dramaturgo español denuncia bien a las claras el asunto de los matrimonios de conveniencia, identificándose con el malestar que tal hecho causaba entre las mentes pensantes de la Ilustración, posiblemente por dos aspectos nada desdeñables. Por un lado, la escasa descendencia dada la avanzada edad del marido y el consiguiente problema demográfico; mientras que la otra cuestión no menos importante tiene que ver con el hecho de que imponer un esposo –únicamente por ser de grandes posibles económicos– no auguraba dicha y felicidad a la pareja.

De una prosa ágil –Moratín abandona el verso–, es en la figura de Don Diego, el hombre elegido por Doña Irene, madre de una atribulada Dona Paquita, sobre quien recae todo el peso de una historia de amor para la que el susodicho está más que dispuesto aunque el paso de los acontecimientos lo llevarán a descubrir la verdad ¡Verdad, cuánto sufrimiento causas! Y afirmo que el veterano amante es un tipo decente porque en los primeros pasos deja bien clara su posición en el mundo, sus prioridades vitales: “Yo no he buscado dinero, que dineros tengo. He buscado modestia, recogimiento y virtud”. Pero si esto es sólo un apunte, qué mejor forma de entender su forma de ser, que acudir a esta otra reflexión cuando el asunto de los amores –del amor verdadero entre Paquita y Don Carlos– ha quedado despejado, y es ahí donde Moratín pone en boca de Don Diego una acertada carga de profundidad que hará espabilar a quien todavía pudiera andar por los celajes en torno a no tener en cuenta los sentimientos: “Esto resulta del abuso de autoridad, de que la opresión de la juventud padece; éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas”…


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

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