Escapar de la metáfora

|M. Á. Contreras Betancor|

 

Los victorianos siempre mezclaban el sexo y la muerte

Es posible que mientras leía Nueve cuentos malvados (Salamandra, 2019 [Traducción de Victoria Alonso Blanco]) escrito por Margaret Atwood mis pobres neuronas hayan tenido –de cuerpo presente– ese otro universo lleno de capas rojas y tocados blancos, de susurros a medianoche y gritos sofocados entre formas visibles y siluetas que apuntan maneras, incluso, cabe la posibilidad de reaccionar al estilo de la pobre Constance que habita el relato Alphinlandia, cuando refiriéndose a su finado esposo evita mentar a la muerte porque ella cree que él “no es consciente de que ha muerto”. Pero no crea, la lectura puede mejorar y lo hace aunque no todo el mundo “vive entre comillas”.

En esas estamos cuando aparecen los hermanos, gemelos ellos, (La Dama Oscura) que demuestran no tener pelos en la boca, algo lenguaraces, y así el lector descubrirá que Tin “se volvió mariquita a pesar de todo” pero que si su hermana Jorrie hubiera estado por la labor, su inversión de papeles debería haber sido la contraria, pero “nunca pudo dar el salto al lesbianismo”, porque las mujeres no le gustaban. Ellos viven juntos, comen juntos, salen juntos y envejecen muy juntos…

Por cierto, hay un relato cuyo argumento me ha recordado a una película de serie B, pero mejor que sea usted quien descubra si he acertado.

Y para concluir, aunque no se destripará nada más, no puedo resistirme a comentar que si de distopías se trata, la escritora canadiense se marca un tanto en el relato A la hoguera con los carcamales, ¿Me he quedado corto?, pues ya sabe lo que tiene que hacer… se llaman librería y biblioteca.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

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