Los pecadores son tontos

|M. Á. Contreras Betancor|

¿Siempre abre la puerta con una pistola?

Un día cualquiera, Chester Himes (1909-1984) tiene noticias de que un ciego ha disparado con una pistola en el metro de Nueva York porque un tipo le había abofeteado, con tan mala fortuna, que el proyectil envió al otro barrio a un pobre hombre que leía un periódico. Y de ahí nace la novela Un ciego con una pistola, allá por el año 1969 cuando, imagino, en París apenas quedaban restos de aquel glorioso levantamiento estudiantil (¿también obrero?) que desveló al mundo que la capital de la luz escondía hermosas playas de incongruencias bajo sus grises adoquines.

Harlem, es ese territorio tan fotografiado por Hollywood pero del que poco sabríamos –de verdad– si no fuera por tipos tan buenos como Chester, que hizo de Sepulturero Jones y Ataúd Ed (policías del barrio), unos inigualables ‘guías turísticos’ de una realidad tan negra como cierta, tan real, que algún lector puede llegar a creer que el también autor de La banda de los musulmanes, Todos muertos Empieza el calor, entre otras novelas, exagera al describir lo que ocurre en ese espacio físico neoyorquino asolado por los falsos profetas cuyas artes embaucan al personal hasta dejarlo en una oscuridad que supera la de cualquier ciego; por ejemplo, está el personaje de Marcus Mackenzie que quiere hacer algo para ayudar a los ‘suyos’ pero recordaba como en Detroit –el norte supuestamente progresista– se luchaba contra la discriminación racial, “justamente en medio de la más fiera lucha norteamericana contra el racismo en el extranjero”, lo que no deja de ser una gran ironía que el joven no pilló. Él quería desfilar por las avenidas de Harlem y así alentar la emancipación.

En definitiva, vendedores del elixir de la libertad, predicadores del poder negro que sólo buscaban empoderarse ¡alabado sea el Señor! Porque Chester Himes no se anda con tonterías ni acude a la lágrima para que usted sea presa de un ataque de romanticismo sesentero; el escritor nacido en Missouri nunca se caracterizó por comportarse como un negro con esa conciencia que, al parecer, es tan del agrado de las élites blancas que pasean por el Upper West Side neoyorquino o hábitats similares en Berlín, Londres o Madrid, marcando los tempos al universo estadounidense –y resto del orbe–. Himes describe lo que ocurre en Harlem con toda la crudeza y humor necesarios, si no cómo entender la respuesta que Ataúd Ed le suelta a un superior cuando éste da por hecho que se conoce el nombre de los instigadores del penúltimo disturbio:

Está muerto”, ¿quién?, pregunta el teniente, y Ataúd responde que se refiere a Abraham Lincoln, y añade, “No debió liberarnos si no quería darnos de comer”.

Hay otros momentos geniales, pero descubrirlos es su tarea.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

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