Oscuro pozo de monstruos

|M. Á. Contreras Betancor|

 

era tan candoroso como sólo un pervertido puede serlo.

En estos tiempos de huracanes, tsunamis y ciclogénesis explosivas de lo políticamente correcto y de juicios morales por parte de quienes se llenan la boca reclamando la protección de la libertad de expresión, no encontramos que esos mismos seres de luz abominan, por ejemplo, de Lolita (1955), una novela que consideran como el ejemplo de la mayor de las aberraciones posibles. Tanto es así, que desde la cuna –o cama anexa– del puritanismo –Estados Unidos de Norteamérica–, llegan hasta nosotros las voces, alaridos y explosiones de ira ante un libro, pobre Vladimir Nabokov, que según ellos, debería engrosar el listado de piezas a purificar a base de candela, de una buena hoguera. Y si eso no fuera estéticamente plausible, pues se resucita un Índice de lecturas prohibidas y a vivir.

Veamos

Lolita nos cuenta la historia de Humbert Humbert, un depredador sexual, un pedófilo convencido, que justifica su atracción –obsesión– por las “jóvenes pubescentes” elaborando un discurso en el que defiende tamaño comportamiento aberrante como una suerte de sacerdocio –no se busquen paralelismos–, que desde la más inocente de las contemplaciones de niñas durante el recreo como si de un ornitólogo se tratase, da el salto al abismo con la irrupción de Dolores Haze, desatando todos sus monstruos. Afirma H.H., preocupado por lo que han legislado algunos estados en torno a cómo tratan las relaciones entre un adulto y un menor, que él se encontró “madurando en una civilización que permite a un hombre de veinticinco años” cortejar a una chica de dieciséis pero no así a “una niña de doce”: He aquí un claro ejemplo de un discurso justificador de su miseria –amor y pasión lo llamaría él–: O un oscuro pozo de monstruos. Y por si quedara alguna duda, el ‘pobre’ Humbert reconoce poseer “cierta experiencia” en su vida de “pederosis”.

Hay que reconocer que Nabokov hizo un gran trabajo en su disección de los Humbert que por el mundo pululan y eso es de agradecer porque, no olvidemos, Lolita es una novela y como tal, al menos durante un buen puñado de páginas, así es. Ocurre luego, que esa indiscutible calidad literaria centrada en la primera parte, se torna –siempre me lo ha parecido– en un tostón; una guía turística sin la menor utilidad literaria y por momentos, una novela de carretera sin Telma…


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

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