La malicia del bien

|M. Á. Contreras Betancor|

 

Pasaría toda la noche besando los labios de tu cadáver

No hay mejor defensa que un buen ataque salvo que el previsible contraataque –se supone que habrá uno– coja con el paso cambiado al centro del campo y a unos defensores más desarbolados que ese mismo navío que, (cosas de la historia), está surcando su memoria. Lo anterior tiene que ver con el fútbol, –y se parece mucho a la vida–, lo que sigue está intrínsecamente unido a un futbolista para quien el silencio “es una mentira”; un tipo que mira, observa y se olvida de aquellos que ocupan su espacio o un ángulo… situados allí por los ojos de Hopper.

Se llama Falo y abarca todo el terreno de juego de El futbolista asesino (Ediciones Idea, 2006), un espacio diseñado por el escritor Nicolás Melini en el que las líneas delimitan la existencia de los figurantes: por la de banda –próxima al banquillo–, calientan los chiquillos que nadan en el estanque, que lo admiran… Hasta luego, monstruo. Eres un tío de puta madre”; en el centro del campo las farolas que como lunas iluminan su territorio a pesar de botellas y ladrillos que anhelan la oscuridad y allí, un poco más abajo, la línea Maginot que no es otra cosa que el hábitat de un hombre que soñó con matar a Vargas Llosa, pero su falta de organización ha sido el freno al desenfreno de los seres desorganizados que se alimentan del caos. Él no es así, él incluso es capaz de asistir a una reunión de seguidores de Jesucristo y luego salir de allí con una sonrisa y una petición: “¡Dios mío, sálvame de los tuyos!”.

¿No lo he escrito?, pues pido perdón –tres p–… El futbolista asesino no es una novela sobre la desazón de un tocador de pelotas –no olvide el contexto–, que se entristece ante el recuerdo de su abuela, –se pone muy triste, porque algunos recuerdos tienen por costumbre devorar el presente –, es la historia de un futbolista que usa el servicio de taxis, que se ubica en el asiento trasero, que tiene un padre que “hoy empieza a decir una frase” y la termina unas horas después; tampoco es la historia de un fracaso, pero resulta que puede ser el retrato de alguien que observa los pechos de Silvia –¡Ay, Silvia!, ¿qué nombre poner a tus sentimientos?–, agitados en el aire y a quien le suenan “como si contuviesen un océano”. Tal vez sea la novela de quien está convencido de que los bienintencionados son casi siempre “tan peligrosos como los que han venido a este mundo con el único propósito de joderte la vida. Es la malicia del bien”.


©Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

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