Soñar la incertidumbre

|M. Á. Contreras Betancor|

 

En definitiva, Edit amaba su desorden interior.

Como no tengo muy claro si culpar a las obsesiones de ser las causantes de eso que dan en llamar incertidumbres o por el contrario, son las primeras el origen de las segundas, creo que me limitaré a hablar de esas obsesiones que gobiernan la existencia de mucha gente, hasta el punto de apostar vidas y haciendas en pos de su particular santo grial.

En No digas nada (DELITO, 2019), Raquel Gámez Serrano presenta el tándem formado por Edit y Jan, una joven pareja que comparte un objetivo vital cuyo interés -malditos demonios-, se irá desinflando porque no existe argamasa que mantenga unidos dos estados de ánimo -ni siquiera sendos cuerpos en la cama-; dos seres que han tenido una ‘vida familiar’ más propia de cualquier pesadilla que se precie. En tal sentido, tenemos a un Jan convencido de que “era una persona mediocre, como tantas veces se lo había reprochado su padre”, y no anda mejor su esposa, ‘encantada’ con su infancia de mierda. En resumen, aparecen esos progenitores con cierta propensión a castrar a sus criaturas.

¿Y cuál es esa meta común? Ser padres. ¿Qué ocurre cuándo la paternidad es la clave de bóveda de un matrimonio?, pues que la estabilidad del edificio tiene los días contados, y no creo exagerar dado que poco más compartían que no fueran los silencios, eso sí, el primero en avanzar en la etapa muda fue el cabeza de familia, el chico de clase acomodada, de apellido con relumbrón, que se “había habituado a tragarse las palabras”, y tras el correspondiente proceso digestivo, las convertía en un “digerido enmudecimiento.

Como sea que el embarazo no llega, como sea que a él le importa un pimiento ser padre -bueno, tampoco es así, porque le gustaría dar un repaso a Biel y al patriarca-; como parece que Edit está por la labor de la maternidad, incluso ‘confundiendo’ estados fisiológicos, unos amigos de reciente factura aconsejan otras soluciones paternales que –cosas de la moda, pobreza…–, pasan por Ucrania, un lugar donde no hay margen para frases poéticas, “ni edredones románticos” capaces de cubrir tanta pobreza. Y ahí, Raquel Gámez muestra el horror de las adopciones internacionales que están muy alejadas del juego limpio y que esconden algunas sorpresas nada gratas como es todo lo relacionado con el Síndrome de Alcoholismo Fetal (SAF) y entonces se incorpora Demian, (por ahí pasea la criatura de Hermann Hesse sobre el lomo de Emil Sinclair), casi el bálsamo que curará el desapego, la ausencia de amor y respeto… Casi, si no fuera porque Edit desarrolla una capacidad para tener vigilado a un ser que se desplaza resbalando… Entonces alguien se da cuenta del error resultante de apostar la felicidad a un hecho biológico, de odiar por culpa de papá y mamá aunque se estén peinando canas. Jan, Edit y No digas nada.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

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