Un nombre ondulante

|M. Á. Contreras Betancor|

 

La compasión nunca es un estorbo.

Existe un abismo entre el relato preñado de altibajos, rencores y sollozos fruto de un plenilunio cualquiera, que más que relato, los párrafos leídos mueren bajo el sobrepeso del panfleto que no hay alivio estomacal –pastilla mediante– que pueda con ello. Pero también existe esa otra historia contada desde el sosiego que ofrece la maduración de los hechos conocidos, sobre todo, cuando lo que se nos desvela es un horror de naturaleza humana, que son los únicos –esos horrores– capaces de sobrecoger al universo entero.

En La hora azul (2005), ganadora del XXIII Premio Herralde de Novela, Alonso Cueto (Lima, 1954) descubre al lector una historia ubicada en los años ochenta del siglo pasado que está relacionada con la actuación del Ejército peruano en la guerra contra el grupo terrorista Sendero Luminoso en la zona de Ayacucho: los horrores de unos y otros –por un lado, los espantos de Alberto Fujimori y su mano derecha, Vladimiro Montesinos y del otro, la ´locura´ del senderista ‘iluminado’ Abimael Guzmán–. Dicho así, poco se ha comentado. Pero no, el argumento no es tan simple como pudiera parecer, ni siquiera los muertos de esa época horrible aparecen en las primeras líneas. Es más, la placidez de quien vive y trabaja entre lo más granado de la sociedad limeña será el hilo conductor de una novela que, poco a poco, va levantando las alfombras del alma de un hombre que se enamoró del nombre ondulante de su futura esposa.

Adrián Ormache tuvo un padre, un ser de quien recuerda su “rostro de piedras sobre el que costaba imaginarse alguna vez las delicadas manos de mamá”, una madre, dice su vástago, que puso en práctica “una estrategia para morirse”, dejando un baúl y una carta que será el hilo conductor de esta historia que irá encogiendo el alma sin apenas ser consciente de ello, y puesto que no es una frase sin más, me permito repetir que La hora azul contraerá ese músculo con la palabra precisa de un autor que desborda todo el texto de una prosa poética de gran calidez, porque es de esa forma como logra penetrar en todos los poros del leedor, siempre que no sea un adoquín a la espera de una mano que lo lance. Y recuerdo, por si hubiera alguna duda de qué escribo cuando a poesía me refiero, la descripción de una señora que acaba de enviudar: …“me encontré con la mujer… Tenía la ropa triste… la piel oscura de un luto precoz”…

Y concluyo…

El hijo que no sentía gran estima por su padre emprenderá un viaje en varias direcciones, con otras tantas bifurcaciones; Adrián se enfrentará a una tierra ignota, a paisajes y paisanajes tan lejos del oxígeno que está habituado a respirar que le servirá para descubrir Perú, ese otro país del que no tenía la menor idea: “La esperanza es difícil cuando una tiene tantos muertos que te hablan”, dirá una mujer que sabe muy bien de lo que habla.


©Texto y foto: M.Á. Contreras Betancor

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