Sordo rumor de marejada

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Sobre el sudario de la nieve, los cohetes abren sus rosas de colores.

Valle-Inclán se fue a la guerra pero –deseo pensar– que sin la angustia que podría ocasionar a un niño (ignoro si algún comité de salud revolucionaria ha prohibido tal posibilidad), cuando cantase la letra aquella del Mambrú que se fue a la guerra y se ignoraba si regresaría a casa. En fin, que el gran don Ramón se plantó con Un día de guerra (Libros de la ballena, 2017) en la Batalla del Somme para tomar nota (entre abril y junio de 1916) de qué ocurría en ese descomunal frente de batalla de la Gran Guerra, que, cosas de ese punto de barbarie que nos distingue como seres civilizados, causó más de un millón de muertos.

Pues bien. En esto de contar los hechos bélicos el periodismo tenía sus normas y ahora tiene otras, que dependiendo del enviado especial, puede describirnos los acontecimientos desde la cómoda terraza de un hotel a cientos de kilómetros del frente de batalla, empotrado entre las tropas aliadas y a pesar de ello, pasto del comunicado oficial o… porque ese periodismo –afortunadamente, aún existe– narrar los hechos, al menos todos de los que pueda ser testigo: No existe el don de la ubicuidad.

Este libro es el compendio de las crónicas que el natural de Vilanova de Arosa, el padre del esperpento, publicó para el diario El Imparcial y que tiene líneas como la que sigue: … “se acechan dos ejércitos… El francés, hijo de la loba latina, y el bárbaro, espurio de toda tradición”. Narra el creador de Tirano Banderas la abominación de la guerra derrochando una prosa poética, porque no se puede olvidar que para Valle-Inclán jugar con el verso no era cosa extraña, puesto que en 1907 se estrenó con Aromas de leyenda, y con ese estilo inconfundible dota a sus crónicas de una calidad fuera de toda duda:  …»y bajo el impulso de los grandes proyectiles, se abre el aire con aquella queja dilatada y profunda que tienen las gatas al parir”derrama en sus artículos el desaliento por nuestra condición como humanos, como depredadoresLa pequeñez del hombre en el paisaje adquiere la angustia de una verdad desconsoladora y final”.

La mirada valleinclanesca en todo su esplendor.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

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