La migración de conciencias

|M. Á. Contreras Betancor|

 

Solo somos un conjunto de errores que se equilibran…

Saúl Cepeda Lezcano (Guipúzcoa, 1976) es el autor de Agua (Edaf, 2018) la novela ganadora del XXII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe y en la que un detective con una desidia que dura desde que se levanta hasta que muta a “cinismo” en horario vespertino, se traslada a Canarias (movíéndose entre las islas de Gran Canaria y El Hierro), para llevar adelante una investigación por encargo de un hombre poderoso (dinero e influencias mediante). Un trabajo en el que se mezclan apuntes en torno a la Segunda Guerra Mundial, los nazis y su afición al expolio de obras de arte y su paso por el archipiélago asirocado. Porque cuando aparecen los de la cruz gamada es mejor seguir el consejo que el protagonista de la historia ofrece a un tipo con ciertas ansias de relevancia que ve un filón en los datos que atesora en relación al ‘ricachón’ que ha contratado al investigador: “si quiere que alguien lea [el ensayo de investigación] no se olvide de meter a los nazis: siempre venden”, mas habría que tener cuidado en no hacer como algunas aves que emigran por imperativo de supervivencia y no por el mero placer de hacer turismo.

Agua es una novela en la que se manipulan una parte de los materiales con los que se construye una trama negra para ir levantando el edificio que da cobijo a una historia entretenida, con sus dosis de verosimilitud, sin artificios –al menos aparentes–, que apunta a la corrupción política o las medias verdades (lugar por el que transitan las conciencias), y en cuyo desarrollo el autor intercala una serie de capítulos –de lectura opcional– para que el lector vaya haciéndose una idea de quién es el investigador privado –muy aficionado a la picareta, (bebercio), y ahí se vuelve al insufrible tópico de los hígados–, del que jamás sabremos cómo se llama: ¿acaso importa?: pues la verdad sea dicha, es un detalle insignificante. Y decía que no hay artificios aparentes, ni siquiera contables, pero suceden dos cosas. En primer lugar, he tenido la impresión de haber leído un texto que me ha dejado un regusto amargo, leve, eso sí, (usted decidirá si es cierto); y por otro lado está el final, tan al final, que concluye en un epílogo que entiendo hace mella en el conjunto de la obra, (o se me ha escapado algún detalle durante la lectura) porque considero que las runas y el paganismo tienen un hueco en un espacio ‘gamado’ más acorde con otro género literario y no con el que nos ocupa… y es por ahí donde la novela de Cepeda tiene una vía de agua.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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