Pozos de insondable tristeza

|M. Á. Contreras Betancor|

 

… “mamá… navegaba por los pantanos brumosos del diazepam”

Imagine vivir en un edificio de treinta plantas. Las quince primeras están ocupadas por aficionados a la lectura que han perdido toda esperanza de volver a disfrutar de un buen texto, mientras que las viviendas restantes las habitan unos optimistas recalcitrantes cuya opinión sobre lo que leen siempre es la misma: ¡Es una obra de arte!, ¡Este libro lo tiene todo (hasta las faltas de ortografía están en su sitio)! Pues bien, olvide tamaño escenario apocalíptico, surgido de una mente calenturienta, y reflexione con serenidad, observe ese horizonte que se dibuja donde únicamente hay edificios de hormigón; mantenga la vista puesta en las líneas de alta tensión que cruzan la escena. Continúe atento.

Hace dos meses publiqué en mi blog el artículo https://depenasyquebrantos.blogspot.com/2019/01/no-todo-pobre-es-un-pobre-diablo.html en el que reflexionaba en torno a esos personajes marginales que protagonizan algunas novelas de género negro o subgénero reconocido con un resultado, según mi opinión, más cercano al homenaje que al espíritu que se supone debe presidir un texto de esas características. Y en esos líos estaba hasta que el editor Marc Moreno consideró oportuno enviarme Lemmings (DELITO, 2019), una novela firmada por Jordi Dausà que hace unos apuntes muy acertados y alejados de esa visión lacrimógena a la par que falseada del mundo quinqui, de los pandilleros que tras abandonar la enseñanza secundaria “se quejaban porque no tenían trabajo”, si bien no había colega que desconociera que tal pena no era otra cosa que una pose, porque ninguno tenía la menor intención de buscar curro. Porque en este texto se habla de seres humanos sin recurrir a los atajos habituales, sin aferrarse a cursilería alguna: Cada uno en su sitio… y si no lo digo, reviento: No hace concesiones a la galería del buen rollito ni a la tribu de ofendidos.

Dausà ha escrito una novela negra, –sí, una novela negra–, en la que priman los sentimientos, y por tanto las decepciones –que como tal, joden–. Hace una descripción detallada del mundo de las luchas clandestinas (paisanos mediante), describe entornos urbanos porque es necesario (y no un simple recurso, un adorno); habla de muertos en vida, de vivos que arrastran dinero y muerte sin que importe demasiado quién es el ‘fiambre’. Y hace más, nos descubre la analgesia congénita, una enfermedad que provoca insensibilidad al dolor, –no sólo al físico–, en quien la padece. Y claro, cuando alguien muestra síntomas de ser diferente, –un bicho raro–, aparecen las garrapatas, los aprendices de la violencia, del abuso, para convertir a sus ‘compañeros’ en simples “niños papeleras” en los que “descargaban frustraciones y amarguras”. El chiquillo sobrevive entre un padre alcoholizado y una madre ausente, tanto, que nunca pudo recuperarse de la depresión postparto.

Pasan los años, descubre la compañía –y tal vez el amor adolescente–, y siendo adulto se da de bruces con una realidad alejada de esa decoración multicultural que no es otra cosa que un brindis al sol, muy diferente del “plácido y enriquecedor intercambio con el que te habían adoctrinado los profesores progresistas del instituto”.

El también autor de Manual de Supervivència (Premio Montflorit, 2010) se pregunta por la necesidad de luchar que poco tiene que ver con el ancestral rito que buscaba aplacar la ira de los dioses. Mas, arrasado por los vientos del olvido, poco honor existe ahora cuando dos tipos se rompen el alma bajo la techumbre de una nave industrial rodeados de unos congéneres que anhelan la muerte de un luchador y ansían la multiplicación de su apuesta.

Existen más reflexiones, todas ellas pertinentes; hay grandes momentos en sus más de doscientas páginas (y existen ochenta y ocho palabras…) que convierten a Lemmings en una bocanada de aire fresco para el mundo negro literario nacional.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

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