Tiburón rojo

  1. |M. Á. Contreras Betancor|

 

Las Vegas es una sociedad de masturbadores armados”

Cuando Hunter S. Thompson (1937-2005) se pegó un tiro en la boca posiblemente porque estaba harto de su vida, jodido por los achaques de su cuerpo y triste –cada mes de febrero– tras la finalización de la temporada de eso que los estadounidenses llaman fútbol, así que con su muerte se acabó todo lo relacionado con el periodismo gonzo. Tal vez sea una afirmación suicida, pero si algo de lo que usted lee, escucha o ve en televisión le parece que tiene alguna relación con Thompson, sea una buena persona y péguese un tiro. Y vayamos al asunto.

En Miedo y asco en Las Vegas, Hunter firma la declaración del estilo que caracterizará el mundo gonzo de las letras periodísticas. Una serie de crónicas protagonizadas por un tal Duke, que es en realidad el propio Thompson, y el Dr. Gonzo, su abogado, Oscar Zeta Acosta, que se trasladan hasta la ciudad del pecado para cubrir una carrera de motocross y un encuentro antidrogas en el que participan fiscales y policías de todo el país. Si el encargo de ese trabajo los pilla en Los Ángeles con una embolia de campeonato –me refiero a los personajes ficticios–, no es menos disparatado el viaje de ida con un coche cargado de drogas, a cual de ellas peor.

En esta novela, al margen de los aspectos cómicos, destaca una visión ácida y descarnada de la realidad estadounidense de 1971, la búsqueda de esa quimera llamada ‘sueño americano’, mientras el país arde ante sus endémicos problemas de racismo, el desastre de Vietnam y la estafa del movimiento hippie que de contracultura sólo mantuvo el nombre. Contiene el libro grandes momentos para la reflexión, frases que no son otra cosa que certeros clavos de un brillante cronista de su tiempo sobre el ataúd de su nación: “Los elefantes viejos van tambaleándose hasta las colinas a morir; los norteamericanos viejos salen a la autopista y se lanzan en busca de la muerte en coche inmensos”.

La aventura continúa mientras el LSD, el opio y la cocaína, lo envuelven todo, pero no hasta el punto de nublar por completo la visión, bueno, siempre y cuando no mire usted por la ventana de su habitación del hotel y aparezca “un nazi malvado… gritando incoherencias al mundo: ¡Woodstock Über Alles!

No obstante, y en el caso de que su vida se complique, “la única cura posible es atiborrarse de nefandas sustancias químicas y conducir como un cabrón de Hollywood a Las Vegas”.


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

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