Un monóculo mellado

|M. Á. Contreras Betancor|

Siempre queda atrás una palabra que no pronunciamos.

Han pasado varias semanas desde que publiqué el párrafo que sigue en una red social:

La décima caja (casi una precuela de Ricardo Blanco, Correa dixit y yo lo suscribo), El detective nostálgico es de ‘obligada’ lectura a quien guste el arte de leer: Y estoy hablando de los dos últimos trabajos de José Luis Correa. Ahora toca el turno a La noche en que se odiaron dos colores (ALBA, 2019) y puesto que no soy amigo de las adhesiones inquebrantables ni de sacar a nadie bajo palio, espero con interés las nuevas páginas de, esto sí es una evidencia, un gran escritor.”

Y ahora que he leído el nuevo trabajo del autor grancanario, tal vez me ocurra como a todos –o casi– los que vamos cumpliendo años, demasiados años: que me aferro a esos recuerdos que tan gratos me resultan, que a lo mejor necesitamos anclarnos “a la memoria para sobrevivir”, porque a la memoria le “ocurre como a la lluvia de Borges, que sin duda sucede en el pasado”. Es posible, pero mantengo lo dicho en el párrafo inicial, entre ello, que Correa es un gran escritor que ha hilado una historia donde habla de las desapariciones (la clave de bóveda de esta novela), de la soledad, la compañía, el amor, el sufrimiento. Una décima entrega protagonizada por el detective Ricardo Blanco con algún que otro apunte a las redes sociales, y que según ha confirmado el novelista, va cogiendo cuerpo en el engranaje de la siguiente aventura palmense –gentilicio de los naturales de Las Palmas de Gran Canaria–, y hago la aclaración no sea que algún espabilado –hijo no reconocido de vaya usted a saber qué versión de ley educativa–, nos plante el Paseo de Las Canteras junto a la catedral de Edimburgo en el cruce con la Ruta 66.

En La noche en que… incluso, sobrevuela una duda sobre quiénes son Beatriz y Ricardo, porque a veces nos hacemos preguntas que se asemejan más a un disparo en el pie que a un arranque en torno al ser y la casi nada. Es más, también aparece un personaje con reminiscencias ‘tarantinas’ –por Quentin, por mi edad o por un torrente de agua–. Y Gervasio sube unas escaleras hasta hacerlas suyas, e Inés que siempre está y no sólo está ahí…

Y voy terminando. No sé si Dios bendice la inocencia o mi ignorancia, lo que sí tengo claro es que el detective con despacho en la calle Mayor de Triana se arma de frases que va depositando entre párrafos, que entra en esa dinámica que dan en llamar tormenta de ideas; que escucha desde un patio interior la algarabía que provoca el producto nacional-televisivo “burdo y chusco”, lugar –el patio– en el que aún resuenan los ecos de una matanza en cierto instituto estadounidense y que si bien –y afortunadamente– en España no tenemos francotiradores, afirma Blanco que ¿disfrutamos? de “guionistas, tal vez porque los americanos eligieron primero”. Serán cosas de esa luna, que como un monóculo mellado, nos ilumina el camino a pesar de que a veces nos ciegue la luz.

No obstante, siempre nos quedarán los sobres de azúcar, contenedores de papel donde “ahora se esconde la filosofía del mundo”, salvo que usted sus opciones se decanten por este Borges: “La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos fantasma.”


©Texto: M. Á. Contreras Betancor

©Foto: Isabel G. Álvarez de Sotomayor

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