¿Quién nos mira?

|M.Á. Contreras Betancor|

¿Te importa que baje las cortinas?

Dick, Dick, Dick… y Nicole… y Francis Scott Fitzgerald y la Generación Perdida. Como digo en ciertas ocasiones y como de alguna manera hay que entrar en materia, qué mejor forma que irse a la playa con Suave es la noche (1934) siempre y cuando la solajera no se adueñe de los sentidos y de eso otro que llaman la sensibilidad que jamás perturbarán tres ayas inglesas “sentadas haciendo punto al lento ritmo de la Inglaterra victoriana”.

Esta novela, publicada nueve años después de El gran Gatsby, es un retrato, –otro–, de gentes en tiempos en los que se han difuminando los horrores de la Gran Guerra, y con ella “todo un siglo de amor de la clase media se consumió”. Decía, que las imágenes de Fitzgerald rebosan de seres insulsos, los muchos, y de individuos atormentados, unos cuantos; que parece que la historia se vuelca con Rosemary, pero la actriz de madre preocupada por el futuro de su vástago, casi que parece una celestina, sólo es un punto en el universo de cuyo futuro dependerán los vaivenes de la sociedad Dick-Nicole. Nicole, que conocía pocas palabras y no creía en ninguna.

Insisto en el asunto de que F.S. Fitzgerald fija en nuestra retina a la variopinta ralea que tuesta –un poquito– sus cuerpos en las playas francesas, que se preocupa una barbaridad porque no les jodan la existencia a pesar de que la palabra suene la mar de mal. Que forman una tribu descubriendo lugares de veraneo en la ‘decadente’ Europa de entreguerras, porque en algún lugar debe encontrarse una cierta belleza… como en la literatura somos hijos de lo que leemos.

Se es deudor de los grandes textos, pero tampoco es de obligado cumplimiento, aunque qué quiere que le diga si soy testigo de un Dick Diver allá por 1917 cuando en Viena, y a falta de carbón, utilizó como combustible los cien libros de texto que tenía a su alcance, sin la mala leche distópica del Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury o a causa de ese crítico literario que llevaba dentro Pepe Carvalho, pero el de Vázquez Montalbán: El original e inimitable.

Y sí, “ya sé que no le soy simpático, pero nada se puede hacer contra eso. Soy fundamentalmente un hombre de letras”.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ