No todo pobre es un pobre diablo

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Tengo la sensación –y como tal, no exenta de subjetividad– que cuando en alguna novela, folletín o largometraje de género negro –y subgéneros– se aborda el mundo del quinqui, laja o ruina humana con residencia en un barrio de viviendas sociales de los años cincuenta o su versión desarrollista de enjambre poligonero inaugurado en los setenta, –sea como trama principal o no–, me encuentro con personajes pegados al lamento de lo puteados que están por la policía corrupta, el padrino subdesarrollado que trafica con casi todo lo que se mueve o con un padre borrachín e incluso politoxicómano, que termina confundiendo su amor por la birra con ese que jamás recibió, y con tal bagaje, se vuelven remisos –los jovenzuelos, claro–  en grado sumo a buscarse la vida sin joder al prójimo. 

La deuda social: Y una mierda

Más aún, esas piltrafas, –y siendo honesto, no siempre todos los personajes cojean de ese lado miserable ¿o tal vez, sí?– lloran por las esquinas mientras se reparten el botín del palo a un vecino que reside tres calles más abajo (ser humano que quedará destrozado para los restos y al que poco caso se hace). Luego, tras su heroicidad, se apalancarán en el parque, plaza o esquina con vistas, desde donde sin importar las condiciones meteorológicas o las acampadas de los seguidores del lema verdadero, gritarán su mala suerte… y vuelta a empezar ¡cojones!, que esta mierda de vida es una vida de mierda (sic). Y muchos de esos pibes, si se tercia, alardearán de un calamitoso expediente académico con más repeticiones de curso y expulsiones del instituto que cierto motorista aficionado a besar el asfalto. 

¿Qué hacemos con estos mimbres?, ¿lo convertimos, acaso en el material con el que construir [justificar] una mierda de vida hasta que la sobredosis o atraco frustrado los facture para las chacaritas

Pero no

No todos aquellos que cayeron en la ruina por los motivos que sean, –y los hay que se hundieron tanto que ríase usted del Titanic–, tras digerir el ladrillazo que supuso la tragedia se rebelaron sacando, si no todo el cuerpo, sí al menos esa parte necesaria para continuar viviendo. 

Y es que no todo pobre es un pobre diablo que busca el subsidio a perpetuidad de la palmada en la espalda o el hombro sobre el que enjugar una furtiva lágrima; ni tira por la calle de en medio de joder al prójimo (porque la sociedad les debe algo) y aprovecha que se apagan las luces y la víctima queda al margen de los focos, para esbozar una sonrisa en la que se halla la promesa de que su vida correrá a cargo del otro. Esto es, de los paganinis de siempre.

Insisto

Y claro que hay perdedores que jamás levantaron la cabeza muy a su pesar; y ahí estuvieron sobrados de dignidad y la palmaron; y ahí están boqueando con toda la decencia que permite el hambre –sí, inclusive la del plato nunca colmado o la de la injusticia con bendición oficial–. Y sí, esas historias son tan negras y criminales y llenas de matices que deben relegar al olvido de la nota al margen –y me pierde la bondad– a esas historietas del ‘matao’ que llora por la farlopa perdida. 
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©Texto: M.Á. Contreras Betancor
©Revista CONTRALUZ