Divina de la muerte

|Marian Peyró|

 

Había pasado tanto tiempo que ahora el tiempo ya no era el mío sino el de los otros. Los padres llamaban a sus hijos Teo, Dimas ó Ferrán, y a sus hijas Cloe, Leire, Hada. Habían pasado siglos. Yo había vivido en dos y podía recordarlos. Tenía los pies metidos —embutidos—, en unos zapatos de tacón de aguja. El vendedor me los miraba conteniendo la respiración. Yo, por no verle la frente sudorosa, las mejillas ardientes, el pecho agitado del forcejeo, me los miraba también, mientras me acordaba de todos esos niños de nombres raros. Aplasté esos pensamientos antes de que me paralizaran como hubiera hecho con un bicho subiéndome por la pierna. El empeine me sobresalía demasiado, una montaña de carne. El dependiente, seguramente azorado, me sugirió un zapato con otro tipo de horma, aunque yo le escuchaba poco porque no pensaba comprármelos. Nunca había tenido unos como aquellos, ni siquiera cuando sí era mi tiempo. Dudaba si podría caminar si me decidía a levantarme.  

—La verdad es que creo que no me van —dije.

Me descalcé y le tendí el par. El hombre se dirigió hacia el mostrador donde reposaba destripada la caja, enarbolando los tacones como una bandera. Lo lógico, entonces, hubiera sido que acabara de calzarme, recogiera el abrigo y las bolsas y saliera del establecimiento. Pero me quedé clavada allí mismo, mirando a aquel hombre cumplir con parsimonia su trabajo y controlar con el rabillo del ojo el tráfico de la puerta. Y después, me los compré. 

—Me los llevo. Al final me los llevo.

El dependiente se detuvo con la caja entre las manos y dudó apenas un segundo: 

—¿Quiere que se los envuelva para regalo?

—No, no. Son para mí —y sonreí para que apreciara el pastizal que llevaba en ortodoncia. 

Me sentía ridícula y maravillosa. Mientras esperaba, cambié el de pierna —creo—, con un saltito. Por fin me extendió la copia del pago y la bolsa con mi compra. Volví a sonreír.

—Creo que solo tengo que domarlos. 

No me quedé a mirar su reacción. Salí a toda velocidad calzada con mis zapatos sigilosos para pies delicados. Afuera, el centro comercial estaba distinto. Todo el mundo sabe del poder curativo de unos zapatos. Altos y caros. Visualicé ráfagas de calzado estrecho y puntiagudo, dolorosísimo, leve, sobrante incluso, sobre pies aún más finos, tobillos-cartílago, empeines magros de piel finísima. El grandilocuente poder de unos tacones. Solo llevarlos en la mano ya me convertía en otra persona. Una anti-Zoes, o quizá pro-Zoes. Esos tacones eran mi yo positivo. Con ellos podía pensar que el mundo era vivible, disfrutable, aunque hubiera Noas, Ainaras, incluso aunque tuvieran diecisiete años. Paseé mirando escaparates. Mirándome en los escaparates, también. Hacía mucho que evitaba ambas cosas. Pero los zapatos me adelgazaban diez kilos, incluso guardados dentro de su caja. Al cabo del rato abandoné el shopping center para volver a casa. Las nubes estaban sucias y un aire desagradable levantaba la mugre del suelo. Olía a bares viejos. Todo mi afán era caminar despacio. En casa estarían Gemma, con sus veintitrés y sus ochenta y tres, años y kilos, respectivamente. Comiendo, casi seguro, para dejar de rimar en breve: veintitrés y ochenta y cuatro. Y Juanjo, veinte, encerrado en su cuarto donde solo podía entrar cuando él se despistaba, tapándome la nariz. Los dos murmurarían un uh inaudible por todo saludo y yo escondería los zapatos.

Frente al portal el camión de la basura estaba parado, con el motor al ralentí. La mano se me crispó en el asa de la bolsa en cuanto ese engendro apestoso empezó a moverse. Juanjo padre —ahora prefería que le llamáramos así, es más juvenil— y su novia se besaban o se comían, no sé. Cabello gris y dieciocho, respectivamente. Y entonces los saqué, los zapatos, con la idea de ponérmelos. Pero pensé en la vergüenza de tropezar, y en la fatiga de caminar con ellos. Y en la fatiga, en general. En mi yo positivo y en las niñas como tú. Y le hinqué a Juanjo —qué hostias, Juan José—, aquel tacón en la nuca. A él los zapatos no le sientan bien. Pero a ti y a mí sí, boba. Zoe, o como te llames. Deja ya de llorar. ¡Y sórbete esos mocos!


©Texto: María Ángeles Peyró

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