Nuestro cosmos, nuestra alma

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Los tatuajes son cicatrices…, –que incluso sirven para mostrar– el veneno que tienes dentro…

No se terminan las sorpresas literarias cuando quien escribe gusta del oficio, se apasiona narrando historias, tanto, que ese entusiasmo jamás le nubla el sentido y por consiguiente hace que el leedor ‘disfrute’ con la historia, aunque dudo que ese verbo sea el más adecuado, de ahí el entrecomillado. Y llega el asunto.

La lectura de Pacheco (Mercurio Editorial, 2018), el nuevo título del escritor grancanario Christian Santana Hernández, no ofrece sosiego, ni siquiera pone a disposición del lector ese sinónimo que brinde un mínimo respiro; no es este un texto para el deleite de los espíritus sensibles en una mañana de invierno mientras un jilguero se aclara la voz. Entre sus páginas descubrimos que los sentidos, todos ellos, son aguijoneados hasta la mismísima médula. El lector que elija Pacheco no saldrá defraudado, mas cuando cierre la última página, algo habrá cambiado en sus gustos como aficionado a las historias. Puede estar de enhorabuena.

Ellos

Que cada mañana al despertarse alguien necesite de unos segundos para cerciorarse de que un miserable abandonó la existencia terrenal y ahora su morada está a tres metros bajo tierra, o que ese chaval más muerto que vivo, sea consciente de que existen unas heridas que “no sanan ni en cien mil vidas”, hasta el punto de que por su cabeza ronda la posibilidad de acelerar el encuentro con la Parca, es para aguantar la respiración el tiempo justo para expeler la bocanada de un oxígeno ya caduco. Por otro lado, y aunque de esta historia el propio autor destaca la incomunicación como el elemento central, la espina dorsal de todo su armazón, y eso es cierto, hay en Pacheco otros detalles que hacen de la misma un trabajo muy bien elaborado. Existe algún que otro momento –que como es mi norma, no voy a destripar– en los que su estructura literaria se funde con el, también, noble arte del guion cinematográfico: sin prisas pero sin el freno que contenga las ganas de galopar hacia ¿el desenlace?

Existen bofetones que duelen, –y caricias que desgarran–, tenemos noticias de golpes que hacen mucho daño, pero hay puertas que un imperativo ¿ético? nos obliga a empujar, que el argumento de la propia vida nos exige que abramos a pesar de sospechar lo que aguarda al otro lado. Y no, no siempre es alguien que vuelve por Navidad.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ