El huésped

|David P. Yuste|

Cuando Mateo despertó, pudo sentir cómo su cuerpo le pedía a gritos hidratarse. 

Había estado toda la noche de fiesta y notaba la lengua tan áspera como la piel de algunos anfibios que a veces llegaban hasta su laboratorio y que eran objeto de estudio. Dejó a un lado el cuerpo parcialmente cubierto bajo las sábanas y junto al que había amanecido aquella mañana. Desde su posición se adivinaba una larga melena rojiza como el fuego de las hogueras en una noche de San Juan. De una forma u otra era incapaz de recordar cómo había llegado hasta su apartamento. 

Abrió el grifo del lavabo y llenó el vaso que descansaba sobre la cerámica. Apuró de un trago el elixir de vida y se observó con ojos escrutadores frente al espejo. Tenía unas ojeras increíbles. ¡Menuda debía haber sido aquella noche! Sintió una ligera molestia debajo de la lengua. Palpó el músculo con mucho cuidado y descubrió alarmado que le dolía horrores. Pero algo más le hizo dar un respingo. ¿Le había parecido que algo se retraía debajo de la sinhueso? Aquello era una bobada. Sin duda debía haberlo imaginado. Movió ahora con más cuidado el músculo. El dolor parecía subir desde la garganta abriéndose paso a través de sus terminaciones nerviosas para acabar alojado detrás de los labios. Sintió una punzada terrible. ¿Qué había ocurrido esa noche? Se acercó más al espejo y abrió la boca con cuidado. Sus ojos se abrieron como platos. ¡Qué coño…! ¿Eso de ahí era su lengua? Estaba acartonada y encogida, de un color dolorosamente ceniciento. Era repulsiva, parecía cualquier cosa menos su propio órgano.

Algo se movió deprisa en su boca. Un dolor atroz recorrió el pedazo carnoso que parecía inmune a sus deseos y que obraba con voluntad propia. Mientras tanto, unos latigazos atroces amenazaban con nublar sus sentidos. Se agarró con fuerza al lavabo con la esperanza de que el dolor fuera a menos, pero no fue así. Un nuevo aleteo de aquella cosa viscosa llenó cada rincón de su cuerpo de un terror como jamás había sentido. Un sollozo escapó por su boca abierta. Era incapaz de cerrarla, hipnotizado por la terrible visión del repugnante órgano dentro de su cavidad oral. Aquello dio un salto con otra sacudida como si quisiera escapar. Mateo contempló atónito como su lengua se escurría hasta caer desprendida por colgajos, chapoteando  con un sonido acuoso contra la porcelana. Debía de estar soñando, sin duda debía de tratarse de una vívida y desagradable pesadilla. Como cuando soñabas que se te caían los dientes. Solo que los sueños no dolían. 

Miró todavía sin creerlo de nuevo al interior de su boca y contempló con asco y terror a la vez que algo se movía e intentaba sustituir a la lengua. Era imposible, y sin embargo ahí estaba. Una masa blanquecina se había alojado donde había estado el músculo como si se tratase de un parásito. Y en realidad lo era. 

Mientras aquella cosa segregaba un limo pastoso bajo sus encías, señal de que era hora de alimentarse, él no podía hacer otra cosa que gritar.


©Texto: David P. Yuste

©Publicación: Revista CONTRALUZ