Orujo de ortigas

|Jesús Tíscar Jandra|

 

Iré a ese pueblo tuyo derruido y semisolo y me sentaré contigo en el poyo cálcico que me contabas, adonde sé que has huido: el poyo fósil y patriarcal que, dices, aún conserva la pátina glútea y testicular que el bisabuelo de tu tatarabuelo o algún rollo de esos principiara aquel atardecer del siglo XVII en que siendo chinorris se sentó a desgranar bledos; tus historias. Allí estarás tú sentada ahora, como si te viera, trasteando en tu iPhone ante un perro ocre y tendido panzaunlado que te guardará la distancia y la cobertura, concentrada en operaciones disuasorias del pesar que te enmudece, de la rabia que te desdenta y del asco que te desalma, tras haber ignorado mi única llamada y borrado mi mensaje sin leerlo, seguramente extirpado de tu agenda mi nombre porque de ese modo creerás que no existo y que olvidarás lo que has hecho. Pero es inútil, porque sin mi perdón estás perdida. Así que emprenderé el largo viaje, llegaré y me sentaré a tu lado sin pronunciar saludo, sin pretender mirada, hosca si lo quieres, desconocida, incómoda, como la vieja pelleja que no ha encontrado en la plaza más banco al sol que en el que está sentada su leal enemiga, y, mano sobre mano, respiraré contigo tu silencio y tu culpa, atenta al perro, atenta a tus pies, atenta a los míos y a tu perfil enclaustrado. Me callaré hasta la náusea, permaneceré inmóvil hasta el pasmo, paciente hasta el fallo cardiaco, si es preciso, contigo otra vez, otra vez contigo, vieja pelleja mía, hasta que tú quieras o mandes otra cosa y te atrevas a mirarme. Así nos veo a las dos, horas y horas, sentadas juntas, sobreviviendo a los días y a sus necesarias noches, a todo el tiempo que haga falta permanecer allí sentadas para que decidas, al fin, que te perdone. Y cuando lo hagas, porque lo harás, y cuando lo haga, porque lo haré –bien sabes que lo haré al instante–, nos despegaremos de tu piedra atávica e iremos a estirar las piernas y a desplazar el silencio entre las ruinas a las que perteneces, eso dices tú, para matar el rato y cuajar la pausa previa que requiere el acto conciliatorio, o sea el abrazo y los besos y las palabras y los mocos y a lo mejor una comida de coño que te regalaré en cualquier mampuesta al sol y que te empeñarás en evitar para ver si se te asfixia el remordimiento, mira que eres infeliz, como si el remordimiento fuera, so infeliz, un ser vivo que respira y no el mineral engastado en los sesos que es.

Sé que no me resultará fácil llegar hasta allí. Qué digo. Sé que me será condenadamente difícil llegar hasta donde tú estás ahora. ¿Se puede saber en qué maldito perdedero naciste y te criaste, alma mía de mi corazón? Nunca me habré extraviado tanto como cuando vaya a buscarte o como cuando vaya a que me encuentres para darte los perdones que me adeudas. Porque a tu puto pueblo se le fugaron también las direcciones, la ubicación, se le largó hasta el nombre, eso cuentas tú, y las pocas letras que le restan a su larguísimo topónimo se van muriendo en la memoria de los que se negaron a irse, de los que se negaron a traicionar a los cascajos, o sea unos cuantos perros ocres como ese que te está guardando y unas cuantas gañanas impúberes, gracias a los cuales pudo producirse una repoblación estimable e insuficiente, pues los perros supieron aguantar sin morirse ni matarse entre ellos hasta la fertilidad de las niñas. Tus historias. Habrá quien se santigüe horrorizado cuando le pregunte por el lugar que a los GPS avería y que los mapas de carreteras hacen coincidir aposta con el pliegue que siempre se raja. Pero llegaré, no te quepa duda, y tras los varios días de sentanza y mutismo que me veo venir, me mostrarás lo que queda de tu casa, tal vez nada, sólo el poyo de tu antepasado el de los bledos, algún bacín, y pasearemos por las calles hechas cisco que tanto me inducías a imaginar en noches de vino y clásica y doritos y pies, calles como recién bombardeadas e inmediatamente comidas por la maleza, el perro delante de nosotras, farruco y rengo y con el rabo morado. Haremos el itinerario de tus recuerdos que siempre has deseado conmigo, aunque menos locuaz tú y menos asombrada yo de lo previsto, como una cicerona aborrecida de sí y como una turista jaquecosa a la que nada entusiasma más que el Nolotil. Veremos la escuela, casi del todo en pie, dices, y con un poco de suerte podremos saludar al niño que os daba galletas de coco a cambio de palabrotas nuevas, o al que hablaba y entendía el holandés gracias a un don adquirido por traumatismo craneoencefálico, o a aquel otro que defecaba en la gaveta del maestro cegarruto que teníais, tu don Edelmiro, quien terminó ahorcándose con la chorra de un puerco por pesares de conciencia y sodomía. Veremos la iglesia, su campana semienterrada badajoarriba, sus anticristos en las losas, su nevadilla de hostias espizcadas, y lo que queda de plaza del mercado, donde se oyen las voces pregonantas de los guarnicioneros si pegas la oreja a no sé qué marmolejo enmohecido y medio sagrado (qué coño será un marmolejo, qué un guarnicionero), y la taberna, que pervive maltrecha pero abierta y al servicio de un insólito combinado de orujo de ortigas con Fruco de pera, loca estoy por probarlo. Brindaremos por tu arrepentimiento y nos emborracharemos como de costumbre, si es que el orujo de ortigas con Fruco de pera emborracha, si es que el orujo de ortigas con Fruco de pera existe. Me has contado tantas extravagancias de ese pueblo tuyo –al que, dices, asoló una epidemia de melancolía inoculada por científicos franquistas; un experimento de alto secreto, naturalmente– que me las seguiré creyendo aunque por rotundamente falsas no haya forma de demostrar su veracidad. Lo pasaremos bien, hija de puta, me harás reír y yo a ti, ya lo verás.

En posible que, luego, no quieras regresar conmigo ni regresar tú sola a ningún sitio, te conozco. Cuento con que te hayas empecinado en permanecer allí, diluida en tus orígenes mortecinos, con tu iPhone y tus fantasmas y tu perrete y tu culpa exhausta, hasta el fin de tus días, suena bien, eso siempre ha sonado bien: hasta el fin de tus días. Permanecer, tú, que nunca has permanecido, que siempre has estado, que eres como los médicos de planta y los equinoccios: su tiempo y fuera. ¿Regresar a dónde?, preguntarás en un previsible ataque de vulgar existencialismo estragado. ¿A dónde va a ser, amor? A nuestra ciudad, la que está en los mapas, a nuestros bares y a nuestras rutinas, a nuestra pena, a nuestra casa, que no tiene poyo ancestral pero se mantiene entera, con su televisión y sus cucharas, con su wifi que falla y mis zapatos por en medio, con esta que lo es y que te ama y con mi hija, que te echa de menos a pesar de todo, qué digo, que te echa de menos sin que le pese nada. ¿A dónde va a ser, cretina, si sabes que en cualquier parte del mundo te estará esperando la trilogía de la culpa: soledad, lastre y expiación? ¿Qué haces, si no, en ese pueblo tuyo truculento y desecado al que me dirijo sino penar y dolerte y callar y sufrir y encomendarte a hechicerías y desapariciones? Estás mascando piedras, amor mío, estás tragando grava y necesitas mi perdón y el de ella para digerir eso. Yo te los llevo, no te preocupes, te los acerco, tú no te muevas de ahí, de tu pasado, quédate sentada sobre la tapicería histórica del culo y los cojones de todo tu linaje. A eso voy, a llevarte los perdones que tienes que pedirnos sin imploraciones ni dramas, como un favor, como uno de esos pequeños favores que te solucionan la vida un rato. Si llego, que llegaré, ya lo sabes, te llevo el perdón que me prestaste y el que le debes a mi hija, te llevo dos perdones para que los vayas viendo y los consideres y te convenzas de que podremos convivir las tres como si nada hubiera pasado entre vosotras o como si entre nosotras todo estuviese por pasar.


©Texto: J. Tíscar Jandra

©Publicación: Revista CONTRALUZ