Christian Santana: “Escribí ‘Pacheco’ para meter una hostia y contar las cosas como las siento”.

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Transcurre el once de octubre a las doce –y pico– de una mañana con un cielo azul y el calor de este décimo mes, que no es más que la segunda oportunidad que nos ofrecen, tanto a los residentes como a los visitantes que tienen a bien darse un garbeo por Las Palmas de Gran Canaria, para disfrutar de un verano muy particular. Y apunto que son las doce –y pico–, estamos en una terraza con sillas y mesas y personas que se alojan en el hotel que tiene una terraza en forma de ele mayúscula, aunque seguro que me estoy confundiendo (porque la Geometría nunca se me dio muy bien), y en lugar de ele mayúscula, este espacio físico (al que también acuden personas que no se alojan en el hotel) es una te minúscula. Cosas de las consonantes con demasiado tiempo libre.

Pues resulta que este encuentro-entrevista hay que agradecérselo a un tal ‘Pacheco’, (la nueva novela que se presentará el 29 de noviembre en el Palacete Rodríguez Quegles de la capital grancanaria), porque de lo contrario y aún viviendo en la misma ciudad, Christian Santana Hernández (Telde, [Gran Canaria], 1975) y un servidor habrían cumplido ocho, nueve o no sé cuántos meses más, esperando el idus propicio para tomar un café. Y casi lo conseguimos –el idus de octubre, me refiero–. Y tanto las preguntas a la sombra de una terraza bañada por la brisa de Las Canteras… como las respuestas, porque entre dos ‘futboleros’ (el escritor, además, fue jugador del Atlético de Madrid), no se dan taconazos innecesarios, estuvieron dentro del canon: cortitas y al pie. Aunque mirando hacia abajo desde este párrafo, la cosa tiene otro color, o varios colores o diversos tonos que también llaman matices.

Y llega el momento de entrar en la materia, en la trama de ‘Pacheco’, que según un primer avance a modo de titulares, se desarrolla en un día y de esta guisa: Un asesinato. Un padre desesperado. Un viaje interior frenético… y mientras un infante corre tras el balón, pido al escritor que se explique y él dice que indistintamente de dónde “estés (puede ocurrir en el salón de una casa) y con la presencia de dos personasestamos haciendo el análisis de la condición humana”. En este caso, se refiere un hijo y a la figura paterna [Pacheco], a quienes se les supone unos vínculos y cierto nivel de entendimiento, pero es sólo una presunción, porque la realidad dice que no alcanzan la excelencia, no se entienden. Tal es así, que se toman decisiones equivocadas que desembocan en un desenlace dantesco, porque los protagonistas no están por la labor de entenderse. Añade Christian, que vivimos euna sociedad con muchos avances tecnológicos, con mucha información”, que paradójicamente ocasiona tal nivel de ruido que “estamos desinformados, tanto, que no entendemos a quien tenemos delante”.

Continuamos en esta terraza en forma de ele mayúscula (con alguna duda) y por donde se cuelan varios rayos de sol, brisa atlántica y conversaciones de gentes que van, vienen o se detienen para contemplar, nunca sabremos por qué, lo que me da pie para deslizar la pregunta de ¿quién es Pacheco, qué busca? Y el también profesor responde contundente, de la misma forma que el media punta de un equipo de fútbol ‘dibuja’, no un pase, sino la lírica del toque (Valerón, por ejemplo), afirmando que el protagonista es un muerto en vida a causa de unos acontecimientos que han marcado la existencia, tanto a él como a Colacho, su hijo”. Era esta una familia idílica y a causa de un hecho puntual el castillo de naipes se vino abajo. Pacheco lucha cada mañana, básicamente, porque tiene un hijo a quien cuidar, y éste culpa a su padre de los sucedido: El ciclo vital.

En esto de entrevistar es aconsejable recordar afirmaciones del protagonista que ayudan a conocerlo un poco mejor… entonces voy y digo que usted afirmó que con Artistas del odio’ (Anroart Ediciones, 2015) –la segunda novela de la trilogía ‘Trazos del destino’–, se sumergía en las procelosas aguas de la “pasión humana”… Recupero el aliento y pregunto si las novelas de ficción deben, por ejemplo, contar con algún ingrediente moralizador, y él apunta que cada autor tiene su estilo, que “cuando escribimos una novela, por mucho que algún escritor diga que el argumento nada tiene que ver con sus vivencias o su forma de sentir”, se cuentan las cosas aunque en algún caso no tenga porque compartirlas, pero las experimentó o ha sido testigo de las mismas. “Como estudioso de Shakespeare, añade, el conocimiento de la condición humana me ha marcado mucholas pasiones, la debilidad o esa serie de aristas que no conocemos o nuestra locura por naturaleza (entendida como la desmesura)”.

En este sentido, la vida misma es mucho más intensa que la ficción y él se alimenta de la vida, tanto es así, que escribió ‘Pacheco’ en veinte días con la intención de zarandear, “de meter una hostia y contar las cosas como las siento y acabar con el cinismo, el buenismo y poner los puntos sobre las íes”. ‘Pacheco’ no tiene adornos, es olor a estiércol, es sudor, garganta seca –porque la trama se desarrolla en un pueblo sevillano de nombre inventado y estamos en agosto–. “Es incomodidad y nerviosismo.Y este calor de octubre, y esa vehemencia.

Dicen, quienes dicen que saben, que en parte somos lo que leemos, escuchamos, vemos… y en el caso de Christian Santana, el artesano que ha trabajado esos mimbres es una persona muy importante: su padre.

Tengo una suerte enorme porque soy hijo de Carmelo y Mari Luz. Ella es una persona muy formada y le encanta tratar cualquier tipo de tema, y él es un lector empedernido, muy exquisito y meticuloso”, y de repente, con doce años de edad “me puso Hamlet entre las manos y ahí cambió mi vida. Desde ese momento, él y yo no hemos parado de hablar de literatura”.

Y hablando de Hamlet’, porque cuando se tiene enfrente al escritor que también fue gestor de la cosa pública, hay que preguntar por algunos de los hijos de William ¿quiénes serían las OfeliasPolonios y el Laertes en este siglo que por digital, a veces se asemeja a una pobre aldea?, pregunto mientras una gaviota pasa en vuelo rasante por encima de la calva de un señor cualquiera.

Hay mucho Hamlet, pero también hay otros tantos Yago, –ese personaje que viene por lo bajini, suelta mierda y veneno, pero con mucha inteligencia–“, y añade que “ahí Darwin no se equivocaba cuando afirmó que nos adaptamos al medio”. Esos personajes como OfeliaHamlet…, nunca han muerto porque la condición humana está llena de aristas shakespirianas, del tal forma debe entenderse la vigencia del autor universal. Y como los ejemplos están para ilustrar, el escritor sugiere que tras asistir a la representación de alguna de sus obras, hay muchas posibilidades de salir del teatro “identificado con alguno de los personajes o asociándolo con cierta persona conocida”.Vaya, mejor correr un tupido velo, de esos tan vaporosos al estilo Otelo.

El hábitat y lo editorial

No sé por qué, pero las personas tienen costumbres que pueden gustar mucho o nada, y una de ellas tiene que ver con un espacio físico, un entorno, el hábitat. Y claro, como somos animales de costumbres, en muchas ocasiones terminamos por cogerle cariño al peñasco o a la planicie y si nos tenemos que ir… aparece la añoranza. Y entonces recuerdo al profesor y escritor que un personaje de La ratonera de Van Gogh (Anroart Ediciones, 2014) afirmaba que “lo mejor de echar de menos es que uno pertenece a ello. Sea un corazón o una ciudad”.Y se asocian los perfumes con personas y ocurre lo mismo con los sitios, y aunque él es natural del Telde, surgen los arraigo que se pegan al corazón…“pero mi ciudad es Londres, donde pasé muchos años de mi vida, mi familia vivió cuatro décadas, aunque como en Canarias no vivo en ningún lado”. Y aparece esa máxima que afirma que se es de donde se pace y no de donde se nace. Un asunto importante que “determina la forma de ser y pensar”, que se podría aderezar a modo de conclusión con lo siguiente: “Debemos tener una mentalidad más abierta, ser ciudadanos del mundo y eso para el ámbito de la cultura es un campo abierto donde moverse a gusto. Limitar perjudica a la sociedad”. 

Y como el final del párrafo anterior apunta maneras (o viene al pelo), me permito no desaprovechar este espacio para continuar con la línea de pensamiento que tantas alegrías está deparando a Revista CONTRALUZ, –maldita ironía–, así que no hay mejor forma de concluir este encuentro-entrevista que solicitar al escribidor su opinión en torno a cómo ve el panorama editorial nacional, en la seguridad de que su punto de vista coincide con el sentir mayoritario –¿otra vez la ironía?–. Como casi todo en estos tiempos, el escritor grancanario afirma que lo que ve está marcado “por el mercantilismo y –a veces– no tanto por la calidad de los textos y sí por vender una imagen determinada de ciertos novelistas olvidando que, aunque el papel lo aguante todo, otra cosa es que el lector merezca que le pongan en las manos cualquier cosa”. Dice que el mundo editorial español está “muy mercantilizado, no veo nuevos planteamientos, nuevos usos del lenguaje y enfoques de la ficción. Es sencillamente la venta de una marca y cuando se agota el modelo inventauno nuevo. De ahí que cuando él escribe una novela no piensa en las ventas y sí en “comunicar lo que siente y necesita plasmar, porque cuando uno se vaya de este mundo lo importante es lo que se haya aportado”.


Shakespeare, supongo

Transcurría el mes de marzo del presente año, se estaba celebrando Tenerife Noir y durante el desarrollo de una mesa redonda con los nuevos escritores canarios, Christian Santana Hernández arrancó su intervención con una afirmación que me dejó en estado de semiinconsciencia –evítese la sonrisa maliciosa–, cuando afirmó que William Shakespeare no es quien todos suponemos que es. Teniendo en cuenta que quien expone esa tesis –defendida en la mismísima Universidad de Oxford– es un *experto en la obra del hijo más querido, admirado, venerado, ¿imitado?, visitado –su casa, claro–, representado, ensalzado… y siga usted, si le place… Cómo iba a desaprovechar la coyuntura y no preguntarle en torno al estandarte de la pérfida Albión. Dicho lo cual, y mientras el calor de este verano del octubre palmense (sin escuela conocida), bronceaba cuerpos a pocos metros de donde nos encontrábamos, el profesor respondía a lo que sigue.

Pérez Galdós cuenta de su visita en 1889 a Inglaterra que siempre tuvo “deseos vivísimos de hacer una excursión a Stratford-on-Avon, patria de Shakespeare” a la que también llamó “Jerusalén literaria”. Y yo me pregunto, ¿quién fue William?

William Shakespeare fue la imagen que todos tenemos. La cuestión es quién es el autor del legado shakesperiano, y el autor del legado no fue William Shakespeare. Lo explico. Si usted es Shakespeare y deja su testamento, no omitirá el legado universal que ha hecho, y justamente, cede incluso la cama a su esposa y olvida su obra. Y lo hace así porque ese legado no le pertenece. En el siglo XVI sólo se podían dedicar a la cultura personas que tenían acceso a la información, y puesto que los apellidos determinan la clase social a la que se pertenece, el de Shakespeare no entraba en ese apartado. Las piezas del bardo nos enseñan un conocimiento exhaustivo de todas las áreas o materias que se puedan imaginar, sólo tiene parangón con Pérez Galdós, que posiblemente es el autor que tras el inglés, más cuestiones aborda. Pero no es la cantidad, sino el conocimiento efectivo de la materia, porque William que fue una persona que existió, y que donó la cama a su mujer, era un actor pero no tenía acceso a la información. Teniendo en cuenta que el siglo de oro isabelino estaba compitiendo con el Siglo de Oro español, que contaba con CervantesCalderónGarcilaso de la VegaFernando de Rojas…, los ingleses se inventaron una marca porque les faltaban los iconos, y aunque tenían a Christopher Marlowe, éste era todo lo opuesto como punto de referencia (mujeriego, peleón, bebedor.…). Y eligen a William Shakespeare como marca, y como ser de clase alta, con buena formación y dedicarse a la cultura no estaba bien visto, elaboran las piezas teatrales que se firman con el nombre del nacido en Stratford-on-Avon. Ellos inventan la marca, Shakespeare queda encantado, y de esa manera el siglo de oro isabelino logra un icono como sus precursores creen que merecen. Porque tener acceso a la información sobre alquimia, mitología o las estancias de la corte, eran datos que (W.S.) nunca pudo alcanzar. Por eso jamás hablo de las piezas de Shakespeare y sí del legado shakesperiano.

¿Le ha resultado interesante?, pues indague por esos hábitats digitales y seguro que encuentra el resto de ltesis que sostiene Christian Santana Hernández.

Posdata: Como sea que el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte se va de la Unión Europea, lo que provocará el enésimo aislamiento de la Europa continental, me pregunto si tal cataclismo (dado su tesis sobre la marca Shakespeare) afectará las futuras visitas del entrevistado. La respuesta, acompañada de una buena risotada, fue: “espero que no, porque es mi segunda casa”.

*Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria; estudiante de universidades como Oxford University, King`s Colledge de Londres; Birbeck Colledge (University of London), Salamanca y La Laguna. Miembro del Institute of English Studies (University of London); Friends of Shakespeare´s Globe; y tanto de la International Shakespeare Association como de Shakespeare Birthplace Trust, ambos con sede en Stratford Upon Avon.


©Texto y fotografías: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ