Los pelos del resentimiento

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Éramos gamberros, éramos libres y éramos felices en la calle”…

Pues resulta que a Jesús Tíscar Jandra, (Jaén, 1970), le gusta la literatura.

––Pero, ¿qué ha escrito este hombre que aún permanece junto a su ordenador sin que le haya dado un jamacuco? Usted es un verdadero tolete.

––Oiga, no se me ponga ‘intensito’ y no me falte al respeto, queno estamosen ninguna de esas redes insociables. Sí y lo vuelvo a repetir, al escritor jaenés que vive en un pueblo de Murcia, esto de escribir para menear “moralidades y tripas”es algo que le sale del alma –vía bolígrafo u ordenador–y sólo hay que leer sus trabajos para darse cuenta.

––Coño, y ahora me dirá que usted conoce a cierto escritor que se mata delante de un folio en blanco por obligación y no por devoción…

–– [Silencio]

No soy, precisamente, un tipo sospechoso de abrazar becerros de oro, en todo caso y desde tiempo inmemorial, me decanto por huir de las adhesiones inquebrantables o del colectivo ‘abajofirmantes’, así que si usted ha leído alguna de lasopiniones publicadas en esta sección, no albergará duda alguna en cuanto a mi decencia intelectual… ¿verdad que no?

El autor de Yo, Señor, no soy malo (Grupo Tierra Trivium, 2018)…

––¿Me permite una pregunta?

––Vaya, otra vez el espontáneo. Dígame, buen ser humano.

––¿Qué tal la última novela del señor Tíscar?

Bien, pues a eso iba. Tres son los relatos que conforman la primera colaboración de Jesús con el Grupo Tierra Trivium y tres son las sorpresas literarias con las que me encontré, a cual de ellas “más repulsivas e irresponsables”, según afirma el propio autor, porque esas historias que se desarrollan a través de 154 páginas son un canto –me pierde el lirismo–, a no dejarse atrapar por la nauseabunda enfermedad que han dado en llamar corrección política y que no es otra cosa que una rendición patética ante el altar de lo inane, del chiste fácil, de esa lágrima que inunda el primer plano. Y si para muestras quiere un botón, tenga usted: “Mi madre se dejó la vida en el empeño de no hacerse querer… Era… una maltratada”. Sí señor, aquí se toca la violencia en el ámbito familiar protagonizada por una mujer, porque las mujeres –como miembro de pleno derecho de la especie humana– también conocen el ‘noble’ arte de cómo hacer sufrir. Y Jesús Tíscar Jandra no se raja, narra, describe a un padre, a un desgraciado, derrotado… pero sin despegar los pies del suelo (el autor) y fijando la vista en los zapatos (el padre).

En otro de los relatos no pude por menos que recordar a Salvador Dalí que pagó su deuda a un padre, (envío postal mediante),con el que jamás hizo buenas migas. No obstante, el texto ‘tiscariano’ da un paso más, baja una escalera muy larga, sinuosa, inquietante. Habla de ansias maternales, narra los anhelos de un niño, de un adolescente, habla de Paquito, de la planta alta, ahí arriba.

Por último, en Yo, Señor… el autor de Memorias de un gusano, juega incluso, con la crónica periodística sin que por ello el reporterismo patrio deba sentirse incómodo o tema perder su trono en el horario de máxima audiencia, porque eso es simplemente imposible: a Jesús le gusta la literatura, no hace acto de presencia; a Jesús le gusta el esperpento ( y tal vez los espejos cóncavos). En Jesús Tíscar Jandra tenemos a un escritor sin domicilio fijo (género) porque un escribidor debe transitar por la literatura sin género de dudas.

––Qué, ¿le ha gustado?

––Espere un momento… que me estoy secando una furtiva lágrima.

––Cursi –– dijo, mientras apagaba el ordenador y recordaba que “La ética es lo fundamental de la estética”.

––Señor, vaya tipo insufrible– dicen que se oyó decir.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ