Tres judías en un plato

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Joder, Sito. Se ha muerto el tipo que hacía mariconadas con la comida”.

¿Es de recibo que una novela negra provoque la risa sin que por ello pierda un ápice de calidad y mucho menos, sea culpable de que el lector se trastorne hasta no dar con el hilo de la trama –¡no se preocupe por eso que llaman deterioro cognitivo!–? La respuesta es que sí, y puesto que supongo que usted no será de los que opina que la seriedad es el sinónimo de firmeza en las creencias, temor al pecado y seña de identidad de todo ser humano que se vista por alguna parte de su cuerpo, –por los pies, también–, sería recomendable que continuará leyendo esta pieza.

No obstante y dicho lo escrito, coincido con mi forma (!) de pensar en la dificultad que entraña hacer reír y cuán complicado resulta que la gente sonría, sobre todo si estamos hablando de la vida desde ese ángulo tan real como el que muestra el género negro… y entonces aparece El chef ha muerto (Amargord, 2011) de Yanet Acosta y de su pluma, bolígrafo desechable u ordenador de penúltima generación, nos trae a Ven, Ven Cabreira, un investigador cabronazo, guasón, ingenuo hasta la inocencia, que sufre de sincera empatía sin un pelo de idiota. En definitiva, un buen tipo.

El que fuera antiguo miembro del CESID hasta que un error entre fogones venezolanos le obligara a salir por piernas y así evitar que un grupo de etarras acabasen con él, o al que aseguraron que “serás nuestro hombre en Nueva York” en la CIA, pero las malditas circunstancias le hicieron repartir perritos calientes en la sede que la agencia tiene en la gran manzana, un día de esos, –pasados muchos años de las mencionadas aventuras ‘inteligentes’–, tras cumplir con su obligada visita al bar del Gallego, se acerca hasta donde el Jeta, antiguo camarada en los servicios secretos, y acaba inmerso en la investigación de la muerte del Chef, pero no de cualquier cantamañanas, sino del puto amo. Por cierto, el finado llega a ese estado tras ingerir un pulpito vivo, muy típico en Corea del Sur: “A veces perdemos la noción de la importancia de masticar”, afirma un asistente al funeral junto a rutilantes estrellas de chaquetilla corta y reducción rápida que cada vez que pueden se reinventan, o eso dicen.

En la trama, además de reír, y le aseguro que salvo problemas psicológicos, su mandíbula se ejercitará, la escritora tinerfeña nos presenta a varios personajes dignos de interés. Unos seres que transitan a lo largo de veinticuatro capítulos, cada uno como si se tratase de un bocado de frases que maridan cada momento –sublime–. Por allí aparecerán una chef que pretende triunfar desde el anonimato de un bar de polígono industrial con la revolucionaria idea de fomentar la Resistencia Gastronómica, hasta una reportera que lucha ante la crueldad que supone escribir sobre las exquisiteces de la alta cocina desde la distancia que supone andar tiesa económica y laboralmente. Esta última responde por el nombre de Lucy, que un día se pregunta porqué el amor le provoca una resaca más fuerte que la del whisky, a lo que el bueno de Ven Cabreira responde que será porque elige la peor marca. Un investigador que no sale de su asombro cuando descubre que además de una marca de neumáticos, las gasolineras también se dedican a cosa tan fina como la gastronomía.

En definitiva, se sumerge la trama en ese mundillo de la alta cocina en el que las vanidades (sin hogueras), las mentiras, o los egos de chaquetillas, se vienen abajo como un suflé de concurso televisivo. Bucea Yanet Acosta entre esas aguas llenas de tiburones y reducciones; desbroza algo de la jungla en la que habitan unos seres que esferifican, –o juegan con la comida, como diría nuestra madre–, y sale victoriosa. https://revista-contraluz.es/2018/05/05/643/. Presenta a su Venancio como un hombre que se deja querer y a quien las circunstancias personales han marcado su vida hasta conducirlo por el camino de la derrota… o eso parece.

El chef ha muerto es una novela negra que hace reír, porque reírse es uno de los condimentos indispensables, porque una sonrisa es un epitafio que se saborea mejor… a fuego lento.


©Texto: Miguel Ángel Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ