El alma roída

|M.Á. Contreras Betancor|

 

las frustraciones son el tiempo que se soportan

Podría ser una novela costumbrista. Podría. Incluso, me atrevo a escribir que apunta maneras de novela social. Podría. Si el tiempo fuera el que es y no el que nos gustaría que fuera o fuese, esta novela tiene la pinta de ser un ejemplo de negrura vital. Podría. Y sucede que al terminar la lectura de La japonesa calva (Edaf, 2017) me toca llegar a conclusiones –no estoy obligado por contrato– y tras dar varias vueltas y revueltas en torno a qué he leído, resulta que el penúltimo trabajo de Jesús Tíscar Jandra, por el que tuvieron a bien concederle el XXI Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe, es una novela costumbrista sin ñoñerías y cantos regionales, que están muy bien pero no era el caso; que es una novela social pero sin esas barricadas que levantan unos ‘revolucionarios’ que tiempo después ordenan su destrucción porque atentan contra el buen gusto. Y por último –que no lo último– La japonesa… es una novela negra a la que, por fortuna, no se pegó como una lapa ese protagonista cansino, arregla hostias, omnipresente, llorón –hay alguna que otra lagrimita–, pastelero y cabreado con el inspector-jefe, el comisario, el director general, el ministro del ramo y hasta los mismísimos de su comunidad de vecinos. Ni siquiera existe una mujer despampanante; bueno, hay una mujer despampanante que responde por el nombre de Cobriza Pemberton, nombre y apellidos al estilo de Quentin Tarantino. Hay una señora, diseñadora ella, con sus cosas, con el envés de la angustia… con su vida. También aparece el señorito sindicalista –posiblemente con un currículum lleno de barricadas a rebosar de langostinos y carabineros– y para quien el autor jaenés tiene unas palabras de ánimo.

Y claro, está Kazumi Kuriwako, que ocupa muchos espacios entre hojas porque tiene cosas que contar, que da título, que tuvo una infancia de mierda, de espanto, por obra y desgracia de una madre de mierda a quien un amor de mierda… pasó de ella. Kazumi, está enamorada y sufre por el enamoramiento de un tipo de ‘ley’…

Es La japonesa calva un trabajo hecho con ganas y cariño, mucho cariño y sentido y sensibilidad. Tenemos un retrato dinámico de vocales y consonantes, un trabajo coral por el que aparecen dos guardias civiles que viven y sufren con angustias que en nada se parecen la una de la otra. Luciana, una anciana solitaria que no ha tocado pene (o casi); de dos viejitas que se juntan por soledad y acopio de pensiones para sobrevivir; que acercan alguna parte de sus cuerpos… y terminan muriendo de ese asco que provoca el asco ajeno. Una piba que es una niñacaque se enamora de Sai, su novio con “dáun”. También aparece el hombre que se peina como Los Chunguitos– pero que sepan algunos o todos, que Los Chunguitos no le molan– pero que ese tío tiene un objetivo en su vida…

Tiene esta novela hasta un espacio para reivindicar que las escombreras ya no son lo que fueron, que han enterrado al adjetivo bajo un montón de mierdecilla que esconde los restos de vasijas, lavamanos y azulejos estampados que acompañaron las visitas al baño o a la ampliación de salón. Si quisiera podría referirme al ataque frontal que sufre esa estafa llamada TDT, pero dejemos que sea usted quien lo descubra.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ