El hombre y su contexto

|Miguel Ángel Contreras Betancor|

Es muy fascinante que un autor acabe por ser juguete de sus ficciones”

Nos empeñamos en hablar con Dios y se repite el resultado: silencio. Otros dirán que su experiencia ha sido la mar de enriquecedora, que han obtenido la respuesta exacta cada vez que plantearon una duda, problema o enigma para el que no veían solución. Bueno, salvo que nos refiramos a don Fermín, adalid del anarquismo místico, pero sobre todo, un hombre de orden que jamás podría entender que le sirvan la sopa fuera del horario establecido; es un anarquismo que recela de cualquier atisbo de caos, desorden.

Pero dejaré al místico ahijado de Bakunin liado con sus matices y me voy a la búsqueda de Augusto, un hombre que “no era un caminante, sino un paseante de la vida”, un señor huérfano no sólo de padres sino de algo más importante, de un sentimiento que mueve montañas, desplaza océanos –o todo lo contrario–; que hace del hombre un ser abierto al abismo de las dudas, con más ganas de dar ese paso adelante que de retroceder. ¿Cómo si fuera a sucumbir?, pues casi y ahí dejo lo que sigue: “Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías… esa penas y esas alegrías vienen embozadas”en una inmensa niebla. Porque no hay nada peor que esa película que todo lo envuelve hasta no dejar una grieta por la que pueda escapar la curiosidad o penetrar el curioso.

Estaba el pobre Augusto Pérez sin hacer honor a su nombre cuando un día su mirada se cruza con la figura de una señorita a la que sigue y sigue hasta que ella penetra en una vivienda. Y el sentimiento del amor que él desconocía, no por ausencia de curiosidad y sí por desconocimiento (!), se apodera de su persona. Y entonces busca información sobre Eugenia y descubre por boca de Margarita, portera ella de la finca, que la susodicha podría tener novio o “algo así… puede que sea interino”, comenta ella.

Y estimado leedor, quien hasta ese momento vivía presa del recuerdo de su señora madre, la misma que cuando obtuvo el grado de bachiller le hizo sentarse sobre sus rodillas y desde allí contemplar el cenicero que albergaba las cenizas del último cigarro fumado por su difunto padre, llega a pensar con esos sentimientos que atraviesan su alma está al punto de conocer el porvenir, mas cuando empieza a vislumbrarlo “me parece que se me va a convertir en pasado”.

Pero surgen dudas, como debe ser, en cuanto a qué es eso de estar enamorado y en su ‘ayuda’ aparece el amigo Víctor, a quien casaron con una muchacha siendo él muchacho, uniéndose así dos almas sin más pasión que algo de curiosidad. Y pasan los años, no llegan los hijos pero afloran los reproches en torno a quién podría ser el culpable de tamaño desequilibrio natural. El amigo Augusto escucha y el amigo Víctor prosigue explayándose en torno a ese asunto. Luego llegará la buena nueva cuando la pareja había asumido su soledad como ese estado ideal de una pareja –redundancia–. Cásate, le dice a Augusto, cásate ya…

Leer Niebla, escrita en 1907 y publicada en 1914, es una de las mejores ideas que usted podría tener, en el supuesto caso de que hasta ahora ni se le hubiese ocurrido. Miguel de Unamuno que plantea, entre otras, la posibilidad de que un autor acabe por convertirse en el juguete de sus ficciones, nos ha dejado un regalo que no tiene precio, obsequio tal que no es otro que permitir que el protagonista, Augusto, se traslade hasta Salamanca a plantear sus dudas existenciales al mismísimo creador que lo recibe en su casa. Ignora, el pobre señor Pérez, que en esa charla el viejo profesor tomará una decisión que cambiará el rumbo de la existencia ‘augustiana’. Podrá reírse, podrá, pero no sin tener en cuenta que, según Víctor, “la risa no es sino la preparación para la tragedia”.

Una tragedia sería, no obstante, no permitir que la niebla envuelva su existencia… a la suya me refiero, porque si el sueño de uno solo es la ilusión, la apariencia; “el sueño de dos es ya la verdad, la realidad ¿Qué es sino el mundo real sino el sueño que soñamos todos?”. Ahí se queda usted, la nivola y Unamuno, don Miguel.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Revista CONTRALUZ