Efecto Espejo. Capítulo 12: ÉL y ELLA/ELLA y ÉL

|Inés Muñoz Aguirre|

Suena el despertador. Él se sienta en la cama. Acerca su rostro al de ella. Ella siente su respiración caliente muy cerca de su mejilla. Le molesta tanto que se hace la dormida. Piensa en todo lo sucedido. No puede creer que en todo ese tiempo el tal Héctor estuviera pensando en matarlos. Respira profundo. Se acurruca. Su cuerpo en posición fetal queda envuelto entre las sábanas blancas.

Escucha como su marido pega un grito. Luego un golpe. Se incorpora asustada. No vuelve a escuchar nada más, hasta que oye el agua que corre con fuerza. Intuye que algo pasa. Se levanta. Camina sigilosa en dirección al baño. Lo ve allí tendido en el piso. Se acerca preguntándose que pudo suceder. Observa la sangre que corre por su mejilla. A un lado la maquina de afeitar. De esas, de las viejas que contienen una navaja muy afilada. Sobre el tope al lado del lavamanos ve una pistola. La toma extrañada. La siente muy liviana. Él sigue sin reaccionar. Ella cierra el grifo, no sin antes tomar el agua suficiente como para hacerlo reaccionar al echársela en la cara. Se agacha a su lado, a la primera gota, él se incorpora muy asustado. Ella se ríe.

–Eres un cobardón sin remedio, ya eres un viejo y no se te pasa la manía de desmayarte cuando ves sangre.

–Hice un movimiento brusco con la navaja y me corté.

Le limpia bien la cara con una toalla humedecida y lo ayuda a levantarse.

–Estoy muy mareado.

–Ya lo sé. Eso es que te baja la tensión.

Lo conduce hasta la cama. Se sienta al lado de él. Le toma la mano en un gesto de total fraternidad.

–Dime una cosa, ¿qué es esa arma que tienes en el baño?

–¿Un arma?

–Sí. Me imagino que no te harás el loco.

El trata de recuperar el tiempo perdido en la duda.

–No, claro que no. Sí, es un arma que me prestaron. Quiero tomar clases, pero no tengo municiones. Las tengo que comprar.

–¿Y se puede saber de dónde te viene tal interés?

Él respira profundo. No se siente bien.

–De lo que nos pasó. Uno tiene que tener como defenderse.

Se recuesta en la cama.

–¿Te sientes mal?

–Sí.

–Necesitas azúcar, voy por un jugo a la cocina.

Él la escucha alejarse. No entiende como llegó a este punto en el que ni siquiera ha podido disimular las ganas que ha tenido de matarla. Se pregunta inquieto cómo es que dejó el arma allí. Escucha los sonidos en la cocina. Ella sube despacio. Entra en la habitación. Trae un vaso repleto de jugo de guayaba en la mano.

–Vamos, incorpórate.

Él se sienta y toma el vaso con desgano.

–Tómate todo. La guayaba es buena para la hemoglobina.

–Sabe raro.

–Sí. Le eché bastante azúcar, para que te sientas bien de una vez.

Ella mira el reloj y continúa.

–Vas a llegar tarde al trabajo.

Él se angustia. Se toma todo lo que quedaba de una vez. Se levanta y va de nuevo al baño.

–¿Me puedo mirar al espejo?

–Si, ya te limpié.

Decide lavarse la cara. Ella lo observa.

–¿Ya te sientes mejor?

–No. Estoy muy mareado. Me siento mal, no veo…

El cuerpo del hombre se desmadeja. En la caída pega la cabeza del borde de la bañera. Un chorro de sangre comienza a llenar el piso. Ella corre en dirección a la habitación contigua, saca del bolsillo de su pijama dos frascos de pastillas vacíos. Los pisa con la fuerza suficiente como para partirlos en pedazos. Recoge los restos los tira al wáter y baja el agua. Limpia el piso. Se lava muy bien las manos, se seca en su propia ropa y corre hacia el teléfono de su habitación. Marca un número. Mientras espera que le atiendan, una suave sonrisa se desdibuja en su rostro.


©Texto: Inés Muñoz Aguirre

©Publicación: Revista CONTRALUZ