Efecto Espejo. Capítulo 11: ÉL Y ELLA

|Inés Muñoz Aguirre|

Él y ella entran a una habitación. Seguidos por el detective Wilfrido Pérez. Detrás de una mesa de metal se encuentra sentado el hombre rechoncho, juega como siempre con la boina entre sus dos manos. Se le nota nervioso. Cualquiera que vea su frente sudorosa podría pensar que hace calor. Ninguno de los dos entiende por qué están allí. El investigador les señala el banco ubicado en todo el frente del chofer. Él la ayuda, Ella, aún siente mucho dolor a su costado.

El detective camina y se para al extremo de la mesa, desde donde los tres lo pueden ver con absoluta claridad.

Este hombre que ven aquí, no sólo le salvó la vida a usted, al sacarla del amasijo en que quedó convertido su carro, sino que nos ayudó a aclarar todo lo sucedido. Que usted al entrar en la habitación de su mujer, lo reconociera como el conductor que chocó su carro hace unas semanas atrás, nos permitió tomar acciones inmediatas.

—Qué acciones? ¿Se puede explicar mejor?—Pregunta él, sin poder disimular su inquietud.

Lo detuvimos de inmediato y fue trasladado al Centro de Investigaciones. Mi jefa la doctora Carolina Larotta me asignó el caso. En primera instancia só-solo se trataba de un interrogatorio sencillo y así fue. Podría por favor contarle a los señores lo que usted nos dijo.

El hombre titubea. Se pone en pie. Una gota de sudor se desliza por su frente.

Yo le hago entregas a la compañía Maderas y Robles.

¿A mi compañía? ¿Dónde yo trabajo?

Así es. Es un trabajo que conseguí gracias a Héctor Luis, quien es mi vecino de toda la vida.

Wilfrido se dirige a Él.

¿Conoce usted a Héctor Luis?

Sí, por supuesto.

El hombre continúa.

Lo conozco de toda mi vida. Desde pequeños. Siendo unos niños hubo un accidente. Estábamos montados en un muro de piedra que él descubrió y tropecé a su hermana pequeña, quien al caer se torció el cuello y murió. Nunca nadie supo que yo la tropecé, toda mi vida me he sentido culpable. Era un niño aterrado que siempre ha vivido bajo la amenaza de Héctor de que si yo no hacía lo que él decía, me entregaría a la policía. Sus amenazas siempre han estado acompañadas de favores que he tenido que cumplir. Uno de ellos fue que tenía que matarlos a ustedes. Así que los dos choques no han sido producto de la casualidad.

Ella siente que el dolor en su costilla se agudiza. Él se muestra lleno de asombro. No puede entender lo que sucede. El detective sonríe victorioso.

Señor, este hombre ambicionó su puesto en el trabajo. Deseaba ser nombrado Gerente general de la empresa. Se hizo su amigo para descubrir cada uno de sus movimientos, pero al darse cuenta del aprecio de los dueños de la empresa por usted, decidió que lo mejor sería eliminarlo de su camino. Primero lo intentó con usted y al no conseguirlo lo intentó con su esposa, para desestabilizarlo a usted emocionalmente.

Ella y Él se miran cargados de asombro. El hombre rechoncho no levanta la vista del piso. El detective se recrea en el silencio provocado. Se quita los lentes, los limpia. Sólo se atreve a hacer un comentario más…

No se preocupen el hombre ya fue detenido.


©Texto: Inés Muñoz Aguirre

©Publicación: Revista CONTRALUZ