Efecto Espejo. Capítulo 10: ÉL

|Inés Muñoz Aguirre|

En menos de un segundo me veo rodeado por un par de vigilantes, quienes me sacan en volandas de la habitación. Pego gritos.

Yo no hice nada. Saquen a ese hombre de allí. También me chocó a mí.

Nadie me hace caso. Atravieso el pasillo de la clínica balanceando mi cuerpo. No logro alcanzar el piso con mis pies. La gente que pasa por mí lado se retira presa del susto. De nada sirven mis gritos y pataleos. Estos hombres me exhiben como que si se tratara de un trofeo. Me pregunto a dónde me llevan y observo sorprendido que vamos directo a la puerta de la calle. Me sueltan en la acera. Todos me observan. Los dos hombres se paran flanqueando la entrada. Los miro de reojo. Concluyo en que si me alejo, ellos se retirarán y yo podré regresar al cuarto de mi mujer.

Camino hacia la plaza que está al frente, veo como un muchacho corre hacia mí. Me detengo. Trato de entender lo que pasa.

Ladrón, ladrón.

Gritan los que le persiguen. Pasan por mi lado. No me atrevo a moverme. Miro a mi alrededor, quiero descubrir una cara conocida, pero es inútil. Reconozco que es verdad que a veces soy violento, pero ese mismo hombre que está en el cuarto con mi mujer, chocó mi carro hace dos semanas. El carro estaba estacionado frente a mi oficina. Escuchamos el golpe, me asomé a la ventana y no podía creer lo que estaba viendo. Pegué un grito y bajamos todos en carrera por las escaleras. Mis compañeros se atravesaron en la vía. Yo caminé directo a la puerta del conductor, la abrí y lo bajé del camión. Lo levanté sosteniéndolo del cuello con una fuerza que no había experimentado antes. Lo vi directo a la cara, sus ojos estaban tan saltones como los de un sapo a punto de estallar. Lo dejé caer frente a mí y me dijo que le habían fallado los frenos. Yo dije que no se podía mover, hasta que llegaran las autoridades de tránsito. Llegaron. Pidieron los papeles correspondientes, tomaron fotos y después de todo cada quien se fue a su casa, a la espera de una respuesta de la eterna burocracia.

No supe más nada. Llamé una y otra vez a un número de teléfono que él me dio sin titubear y después de varios intentos, me atendió una mujer para decirme que estaba equivocado. ¿Y ahora? Ahora está allí en la habitación de mi mujer.


©Texto: Inés Muñoz Aguirre

©Publicación: Revista CONTRALUZ