Peregrinos sin edén

|M.Á. Contreras Betancor|

Y él llega a un puticlub que haces las veces de un ‘brote’ que florece entre los cardos que pueblan cualquier polígono industrial, abre la puerta del antro y nos cuenta que aquellos “primeros pasos los di con la devoción de un peregrino que pisa una ermita medieval en el Camino de Santiago.”

Las primeras noticias de la novela que me ocupa –negra sin matices–, llegaron a través de varias noticias publicadas en otros tantos periódicos y me dije que habría que hacerse con un ejemplar para comprobar si era verdad eso que decían o me hundiría en alguna plasta impresa ¡y válgame Dios que la sorpresa ha sido grande! Porque en El viaje de Abraxas (Ediciones Oblicuas, 2018) Armando Murias nos sumerge en un intenso viaje en el que lo más interesante, al menos para mí, no es tanto el espacio geográfico que se recorre –que empieza en Burgos y concluye en Santiago de Compostela– (calificada como una especie de ‘road movie’ literaria) como los dos personajes centran el relato, vamos, el archiconocido factor humano: En otra ocasión habrá tiempo de referirse –nótese la ironía– a la invasión de las máquinas y su nula predisposición al diálogo.

Adán y Eva, que así se llaman, se conocen de forma casual al coincidir en su huida del Edén, un burdel a las afueras de la ciudad de Burgos; él sale por piernas tras dejar tieso a un maromo y ella (una joven prostituta) decide cambiar de aires… y tal vez de vida.

Si tuviera que destacar un aspecto de esta novela me decantaría, sin duda alguna, por los diálogos, una herramienta que sufre los embates de ciertos escritores que más que hablar, hacen que sus personajes se apedreen con consonantes y alguna vocal con insuficiencia respiratoria: Y no, no espere que reproduzca un ejemplo, será mejor que usted inicie El viaje…

Decía al principio que esta novela, del escritor nacido en Caboalles, era un viaje por carretera en el que las referencias al Camino de Santiago y los monumentos que salpican el recorrido conforman el decorado en el que la pareja de fugitivos se va conociendo mientras se hablan o mientras callan. Un camino en el que Abraxas, si nos fiamos de la mitología antigua, no es otra cosa que un dios en el que confluye todo: el bien, el mal, la luz y la oscuridad; esto es, casi como le ocurre a los personajes diseñados por Armando Murias, casi como le puede pasar a cualquier hijo de vecino.

Y si de un casi se trata, estoy a un paso de incumplir mi palabra de no reproducir frase alguna, pero ¿quién carajo dijo que soy perfecto?, pues bien, la pareja acaba de llegar a Carrión de los Condes, y tras encontrar alojamiento en la hospedería, Adán observa el convento de las monjas Clarisas y reconoce que le cuesta entender que en el siglo XXI todavía puedan quedar personas–“siempre mujeres, otra vez mujeres, en la sórdida oscuridad del puticlub o en las tinieblas sempiternas de las celdas de clausura”–que renuncien al único bien que se tiene, que no es otro que la propia vida, por unos ideales cuya sujeción a la luz de la razón, resultan del todo imposible.

No obstante, y con esto doy por concluida esta pieza, no todo se ve de una tonalidad oscura, porque seguro que por las escaleras que conducen a los peregrinos hasta sus aposentos, ha transitado –y mora a pesar de los pesares– la razón y la luz.


©Texto: M.A. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ