Las eses tendidas

|M.Á. Contreras Betancor|

 

 

“No era que le pesaran los pies. Le pesaban los recuerdos”.

Ocurrió el día 13 de febrero de 1885 –mar bonancible– cuando a eso de las cuatro de la tarde el casco del Alfonso XII, orgullo de la marina mercante española, tuvo la mala suerte de encontrase con la Baja de Gando (Gran Canaria) hundiéndose con una bodega repleta de mercancía, entre la que se encontraban diez cajas cuyo destino era Cuba y de las que únicamente se rescataron nueve. Pues bien, a partir de aquí el escritor grancanario, José Luis Correa, creador del investigador negrocriminal Ricardo Blanco, comienza a fabular en torno a qué pudo ocurrir con esa caja perdida.

En La décima caja (Cam-PDS Editores, 2017) mis ojos navegan por una historia que se divide en dos partes –olvide el cincuenta por ciento– sin que por ello tenga el lector que acudir a una compañía de ingenieros para que le tiendan un puente de Remagen, en absoluto. Ocurre que en una primera fase, o por qué no decirlo, en los primeros movimientos cual tablero de ajedrez, el Doctor en Literatura Hispánica, despliega una suerte de peones, de torres, que rebosan prosa poética; hace acto de presencia la dama isleña que llega a Las Palmas de Gran Canaria desde una ¿lejana? Irlanda, atrás queda su amado Dublín, su Rinn na Mara… su isla, para buscar respuestas, desencallar dudas y descubrir preguntas y sentimientos que ni sabía que la estaban esperando. Es Verónica Tester, una joven que habla muy bien el español, aunque “trabuca en las erres y las ges”, y aquí, Correa lo borda, (‘perdón’, pero así lo creo), con esta descripción: “dejaba las eses tendidas en el aire como sábanas limpias”.

Y surge el paisaje –y el paisanaje– de la capital grancanaria de 1905, (creo que esta novela es, con diferencia, la que mayor peso ha dado a la ciudad, deteniéndose en el paisaje urbano de Las Palmas de Gran Canaria), que es el año elegido para que transcurra esta historia que presenta a Juan Cabrera, que nunca compró los boletos que aseguran que la vejez es un premio por haber acumulado sabiduría, experiencias y… demasiados achaques, así que “la mañana que me levanto y no me duele nada corro a mirarme al espejo a ver si no me he muerto”, le dice a la irlandesa de cabello “hirviente e ingobernable”. Bueno, y está Luis Naranjo y esa historia que guarda ahí mismo, donde casi todos protegemos ciertos momentos… y una noche… y un patio con su pila de agua y el flamboyán.

Con el orín de la brisa que baña a diestro y siniestro todo lo que pilla a su paso, nuestra panza de burro que aquieta el ánimo y funde el algodón a la espalda, los remordimientos de Molina el Carenero, los bochinches que se desperdigan por una urbe con más arenales que vehículos, miradas atravesadas, Pepín Correa que se desvaneció porque era necesario; las idas y venidas por el malecón, y el arribo de naves que efectúan parada y fonda en la bahía palmense hasta que reanudan su marcha hacia lugares con los que algunos sueñan y otros muchos ni siquiera saben que existen, usted tiene una foto fija la mar de dinámica. Y comentaba hace unos párrafos, que esta historia ofrece dos instantes… dos planos secuencias con otros tantos tempos narrativos –¡madre de Dios, si me leyera mi viejo profesor de Matemáticas!–, a los que José Luis Correa saca el jugo cuidando que esa pulpa lo dé todo por el equipo. Vayamos al segundo acto.

Sin estridencias, comienza a flotar la sensación, que muta a evidencia sin medias tintas, que llegados hasta este momento de la historia, hasta esta esquina del cuadrilátero, no se permiten comportamientos ñangas, de flojera sobrevenida, mas tampoco estamos ante superhéroes –no pierda de vista a Juan Cabrera–. No. Aquí, en La décima… sale una vena ‘ricardiana’, (aprovecho para señalar que La hija del náufrago, cuya publicación se remonta al año 2003 es el antecedente de la novela que nos ocupa), casi podría decir que el leedor está ante un thriller que protagonizan gentes normales, al estilo José Luis Correa, con la inmensa madurez que dan los años, la dignidad y el cariño al oficio. Y claro, por esos designios de alguna divinidad, no puedo por menos que recordar El detective nostálgico (Alba Editorial, 2017), la novena entrega de la saga. Y si todo va bien, enero o febrero de 2019, serán testigos de la presentación de la décima aventura de Ricardo Blanco.

Y como no soy aficionado a destripar los argumentos –usted verá si prefiere los ‘spoilers’– concluyo esta pieza sentado junto a un noray en el Muelle Grande, recordando haber leído que en un lejano rincón se escucharon varios golpes que se “quedaron flotando en el aire igual que una letanía”.

En algún lugar, alguien cerró una caja y dio por concluida una historia…


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ

©Foto: Isabel G. Álvarez de Sotomayor