Volteo y muerte

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Todavía dibujaba mapas ondulantes de humo el cañón de la pistola”

Leo y escucho, y sobre todo, leo en torno a cómo debe ser el género negro, qué cualidades debe tener para ser aceptado por el público; dónde están sus errores y cuál el camino a seguir para que reciba un aplauso sin medias tintas. Leo novelas que reciben parabienes de los entendidos, abrazos de muchos escritores y salvas, muchas salvas, o como decimos los canarios: una ristra de voladores; de fuegos artificiales que celebran el acierto en su trama, lo bien que han quedado los personajes y la sutileza y gusto a la hora de describir el entorno… y que no se me olvide: la verosimilitud.

Pero ocurre que van cayendo textos negros, tanto como la vida, y entonces te ríes al recordar esa pérdida de tiempo y energías de cierta novela que por tan aplaudida se había olvidado de hablar de la puñetera existencia. Qué digo olvidado, es que jamás entró en los cálculos del escritor referirse, de ‘fantasear’ con la realidad narrando lo que ocurre sin que por ello su libro termine siendo confundido, marcado, señalado y (hasta despreciado y pasto de las llamas) con una crónica periodística; no es eso, ‘nunca’ lo ha sido. O tal vez sí ¿qué habría de malo en ello? Tal vez o posiblemente –que doctores tiene la iglesia– podría leer novela negra, sin burbujas.

Y un día llega Malayerba (Jus Ediciones, 2016) y cuesta leerlo, duele leer sus ciento noventa y seis páginas; un sufrimiento no sólo por lo que cuenta, que también; no únicamente cómo lo narra, que también, de quiénes habla, cómo disecciona los hechos y que poca esperanza hay, que también sucede. Hay algo más que achica el ánimo, nubla el alma –olvide los mecheros al viento– y convierte la mueca de horror en un surco permanente; ocurre que hace algo más de catorce meses asesinaron a su autor, Javier Valdez Cárdenasocurrió 15 de mayo de 2017 frente al edificio que alberga la sede del semanario mexicano Ríodoce, en Culiacán, la capital del estado de Sinaloa: el infierno en la Tierra.

Verá usted, resulta demoledor leer el libro, un notario de la violencia del narcotráfico mexicano: VIOLENCIA y nada de trileros, ‘mataos’ farloperos o inspectores de policía al borde de un ataquito de nervios. Claro está que cada uno cuenta lo que vive, le da la gana, padece… ¿o debería?. Evidentemente, como español con residencia aquí mismo, vivo en una nación que afortunadamente desconoce esa barbarie, pero también –y lo insinuaba al principio– me produce rabia comprobar cómo en algunos casos, en el solar patrio de los géneros negro y policial, se pierden oportunidades de dar puntada con hilo, con todo un carrete, sobre lo que pasa, ocurrió o sucede, sin que por ello deban sacrificarse los aspectos creativos, de ficción (que ser un tipo serio no es sinónimo de aparentar un cabreo perpetuo). Imagine un relato sobre el aceite de colza, las checas –porque la tortura no hace distinciones ideológicas–. Diantres, imagine que algunos escritores se desprenden de su cómodo maniqueísmo.

Y regreso a Malayerba que bien podría ser considerada una novela negra (pero no hay tono para ese negro), pero resulta que es un conjunto de columnas periodísticas estructuradas en siete partes, en otras tantas fotos a rebosar de violencia, de pura violencia con mínimos islotes –si acaso, piedras– desde las que algunos intentan sobrevivir, como esa madre que lucha y lucha para que su criatura no caiga en las redes de los cárteles… casi pierde la batalla, casi. Pero luego están esos niños, como Francisco, un chiquillo de cinco años que “trae en su inocencia un lenguaje de muerte”, juega a la identificar “una camioneta escaleid, suburban y las cheroquis, –señas de identidad del narco–, también le atraen los vehículos de bomberos y policía, pero en menor grado. O en ese colegio durante el recreo, mientras en una parte del patio varios infantes juegan un partido de béisbol, otros se reúnen alrededor de un móvil para verun video en el que varios tipos torturan a otro hasta que deciden vaciar los cargadores de sus armas. Y un aviso, si usted se voltea, corre el riesgo de morir, de que lo asesinen.

  1. En estas crónicas, Valdez recorre todo el universo culichi –relativo a los naturales de Culiacán– del que no se escapa nadie, tanto es así, que la calaca no descansa. Policías, políticos y jóvenes con ganas de lana fácil, incluso, se cuenta que allá por el año 1973 Julio Iglesias ofreció un concierto en aquellos lares, una “época floreciente del narcotráfico y el apogeo de las balaceras”, dice Javier Valdezy en esos paliques que el cantante español solía mantener con el público, uno de los allí presentes se mosqueó al comprobar lo bien que se lo estaba pasado su acompañante femenina, así que ni corto ni perezoso, el manda “empuñó una escuadra, sacó el cargador y se lo aventó al cantante”, a quien le espetó un “ahí te van las llaves de la ciudad, Julio”. De repente, unos goterones de sudor recorrieron la frente del otrora guardameta del Real Madrid.

Como suelo comentar, la realidad supera a la ficción; como es habitual, podría continuar con algunos apuntes del libro, con muchos, pero será mejor que usted vaya a por Malayerba. No es mala idea.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ