Lo infalible, falible

|M.Á. Contreras Betancor|

 

Con el paso del tiempo me he ido dando de baja de esa novela detectivesca que tiene al misterio de habitación cerrada como elemento fundamental y más aún, cuando viene aderezada con la intervención estelar del ‘cerebrito’ que todo lo sabe, ve, huele, siente y presiente antes que cualquier hijo de vecino o policía de Scotland Yard, cuyas capacidades para la investigación son vapuleadas y posteriormente restañadas con una taza de té. Es cierto que Sherlock Holmes o Hércules Poirot me han hecho pasar buenos ratos, pero eso no es óbice para sostener mi afirmación inicial, pero como uno debe convivir con sus contradicciones, no se me ha ocurrido mejor cosa que ir a por E.C. Bentley y El último caso de Philip Trent.

Con un primer párrafo demoledor, de esos que me gustan y gustan (supongo) a quienes navegamos por la novela negra o policial: Cuando un disparo… desperdigó el cerebro retorcido e indomeñable de Sigsbee Manderson, ese mundo no perdió nada que mereciese una sola lágrima”(…), me sujeté los machos y allá que me fui hasta tropezarme con una referencia a la Guía de ferrocarriles Bradshaw a la que Pérez Galdós –transcurría el año 1889– se refiere como un laberinto, del que “El libro de los Vedas es un modelo de claridad”. En esta novela, Bentley narra las venturas y desventuras de Trent, ese hombre elegante, joven y apuesto; amante del arte, de la vida y tremendamente victoriano, en quien reparó Sir James Molloy vio dotes para el periodismo y la investigación –o para el periodismo de investigación–, vaya usted a saber. El señor Philip acepta el encargo para cubrir el asesinato del magnate, se traslada hasta la ciudad, conoce a los personajes principales; investiga la escena del crimen, habla con el policía a cargo del asunto y…

…Y se describen más cosas que en un principio resultan la mar de anodinas, casi calcadas al estilo Conan Doyle o Agatha Christie, que a punto, estuvieron de hundirme en el desánimo, pero hete aquí que el novelista hace honor a su compromiso con el hartazgo que le producían esos detectives que superan al obispo de Roma en infalibilidad, y sin fuegos ni efectos especiales logra cautivar (recuperar para la causa) al lector que estuviera planeando saltar del barco de páginas. Y efectivamente, el leedor será testigo de que lo infalible es falible porque no hay dios que aguante lo contrario; también será testigo de excepción de cómo el propio detective-periodista-pintor y amante decimonónico, reconoce su derrota sin medias tintas y una sonrisa, pero no se queda ahí, porque asume la derrota con esta genial reflexión: “¡Qué ridículo puede uno llegar a hacer cuando cree que posee una inteligencia sobrenatural!”.Si un servidor fuera mal pensado afirmaría que propina una patada a Doyle usando para ello el culo de Holmes. Del resto, –como siempre–, sólo a usted corresponde opinar.


©Texto: M.Á.C.B.

©Publicación: Revista CONTRALUZ