Figuras de Vigeland

|M.Á.C.B.|

 

Cómo nos gusta jugar a ser dioses, –al tú, sí pero tú, no, que eres idiota– aunque en el intento arrasemos con el tejido productivo de medio barrio; pero que me quiten lo ‘bailao’ que la vida es breve como breve es… eso mismo.

Jimena Tierra ha escrito una novela, Cambio de rasante, (Tierra Trivium, 2018) donde la autora madrileña plantea una historia en el que los dioses del laboratorio, del juego genético, hacen rememorar al lector episodios de pura barbarie cercanos en el tiempo y que aún estremecen el alma por poco que la sangre, además de correr por sus autopistas, esté algo caliente: me refiero a la experimentación de los nazis –Mengele– o al famoso Escuadrón 731 del Ejército japonés que entre 1937 y 1945 experimentó con seres humanos a modo de cobayas.

Pues bien, Jimena sitúa la trama en la ficticia ciudad de Albahaca, que a poco que usted no se despiste, sabrá situarla en la Cornisa cantábrica. Hasta allí llega Daniel Careaga, un desempleado que por cobrar la prestación debe acudir a un curso en el que recibirá la famosa formación que, salvo hecatombe, debería animarlo a montar una empresa –de dónde debe salir el capital, es un asunto que aún intriga al común de los mortales–. Careaga, además de cesante laboral, es un crápula de mucho cuidado para quien sus necesidades sexuales ocupan la cima de su pirámide evolutiva, de tal modo, que pillado en su infidelidad, el tipo entiende que lo primero es lo suyo.

En la historia aparece un centro de investigaciones entre cuyas paredes se gestiona un infierno y también hay una residencia de ancianos, que al margen de la ficción que ha elaborado Jimena, denuncia los pocos escrúpulos que existen en muchas de esas mal llamadas instituciones, verdaderos almacenes de viejos a quienes no respetan ni por error (si cree que exagero, visite las hemerotecas o pregunte a familiares).

Junto al mencionado golfo en paro, destacan las presencias de dos investigadores privados que han adquirido un gran prestigio tras haber ayudado al desmantelamiento de una secta satánica, un investigador –que lo hace todo por la ciencia, nótese la ironía– y el directivo de la universidad del mismo nombre que la ciudad que se desvive porque no se aprecie su desprecio por los más débiles.

Cambio de rasante es una novela que atesora un gran trabajo de documentación, tanto es así, que María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, ha colaborado con sus aportaciones (gracias a ella usted conocerá que son los telómeros).

Por último, una frase de Benjamin Franklin que se recoge en la novela: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.


©Texto: M.Á. Contreras Betancor

©Publicación: Revista CONTRALUZ