Efecto Espejo. Capítulo 5: ELLA

|Inés Muñoz Aguirre|

 

¿Hasta cuándo me van a tener aquí? La verdad es que no entiendo. Es cierto, el camión se estrelló contra mi carro a toda velocidad. El hombrecito que manejaba dice que se le fueron los frenos, ¿y yo por qué voy a dudar de lo que él dice? Escuché a los médicos conversando y uno de ellos dijo que si el camión se hubiera ladeado un poco a la izquierda me mata. El parachoques podía perforar por su altura la puerta completa. No quiero imaginarlo, porque si de la forma en que lo hizo estoy aquí con una costilla fracturada y una contusión en la frente, entonces no quiero pensar en lo que hubiera podido ocurrir.

De todas formas si hubiera muerto, no estaría pensando en todo esto de las posibilidades. Mi cuerpo estaría abandonado en una camilla cualquiera a la espera de que mi marido apareciera a reconocer el cadáver. Lo haría algún día, claro está, sin causarme ninguna molestia, pero tal como estoy aquí, no soporto la historia de que no me dejaran ir a mi casa hasta que él aparezca. Nunca se sabe donde está y cuando regresa del trabajo se va hasta la barra del bar de la esquina.

Yo no sé porque a los hombres les encanta dejar pasar la vida entre el olor pestilente a cerveza derramada, el humo de los cigarrillos y la pantalla del televisor en la que ven a sus ídolos correr detrás de la pelota. Ya me hubiera gustado a mí tener un marido futbolista, no son ellos los que pasan el día arrellanados soñando con estar en el campo de juego, son los que corren con esa ropa acariciándoles los músculos, con las gotas de sudor corriendo por sus frentes cargadas de entusiasmo. Reconozco que me encantaría acariciar el cuerpazo de esos tíos tan guapos. Y la otra cosa, demasiado obvia claro, que los distancia de hombres como mi marido, las cifras de sus cuentas bancarias, a pesar de la pobreza en que crecieron.

Salgo de mis pensamientos porque alguien gira la manilla de la puerta de la habitación. No puedo incorporarme a ver quien es. Cuando abren me sobresalto, está parado en la entrada observándome el chofer del camión. Su mirada es penetrante, camina despacio hacía mí, tomo en mis manos el botón de la alarma. Ese aparatito con que se llama a las enfermeras. Estoy a punto de gritar. Llega al borde de mi cama.


©Texto: Inés Muñoz Aguirre

©Publicación: Revista CONTRALUZ